ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Resulta extraño este cuadro del Greco en el que se observa su virtuosismo técnico al presentar el encendido de una candela con un tizón que un muchacho sopla, junto a un mono y un hombre barbado. El mismo artista elaboró varios lienzos de similar temática, conocidos como Fábula, Muchacho encendiendo una candela, El soplón, Alegoría, etcétera.
Son muchas las explicaciones que se han querido dar a estos cuadros, y todavía hoy desconocemos si realmente nos hallamos ante una sencilla y anecdótica escena de género —que se ha puesto en relación con obras del taller de los Bassanos y que el propio artista pudo ver directamente en Venecia—, o ante una composición con algún trasfondo filosófico de carácter humanista.
Lo que más llama la atención de esta tela es el mono. Su simbolismo es muy rico y ha variado a lo largo de los tiempos. En las filosofías orientales curiosamente este animal simboliza cualidades muy positivas como la sabiduría, la felicidad o la prudencia, valoración que se va oscureciendo según caminamos hacia la cultura occidental. Los Cercopes, malhechores de la mitología griega vencidos por Hércules, fueron convertidos en monos por Zeus. Bajo el cristianismo estos simios alcanzaron sus cotas más bajas de valoración al encarnar los aspectos más negativos y materiales del propio ser humano, como la lascivia o el egoísmo, e incluso no faltaron quienes los identificaron con el propio diablo, al ser éste denominado como el «simio de Dios». Su aparición en el arte es continua, y ante el evidente parecido que el mono guarda con el hombre, hace que su imagen sea utilizada frecuentemente, así como su propia caricatura. En ocasiones, cuando es representado de forma encadenada, simboliza el triunfo sobre las pasiones más mundanas de los hombres.