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Lunes, 8 de julio de 2002

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Literatura

La memoria de los náufragos, 4. Olga Orozco y el túnel de las palabras

Por Guadalupe Grande

El color de las tinieblas. El movimiento y el crecimiento sigiloso pero constante de las raíces del tiempo. Un horizonte de nostalgias ancestrales. El aroma de los espejos, de las máscaras adheridas a nuestro rostro. Los harapos de lo que una vez fueron las vestiduras de nuestra dicha. Las leyes misteriosas pero implacables de lo inasible. Estos son los dominios ilimitados de Olga Orozco.

Luego reconocemos a sus habitantes: los huéspedes asombrados, los rehenes de la realidad. Criaturas desvalidas pero tenaces, épicas en su constancia y su desconcierto, que intentan encontrar la comunión en medio de la intemperie y hasta en el centro de la desolación. Los vemos ejecutar su coreografía y acarrear sus precarias fundaciones de hielo o de arena. Criaturas cuya naturaleza es tan ambigua e inexplicable como la realidad que habitan.

Finalmente, sucede el milagro de la palabra, torrencial y rítmica como una oración. La palabra, como una precaria pero insistente lámpara, pues, aunque escriba «No necesito luces para mirar en el abismo de mi sangre, / en el naufragio de mi raza», la palabra es la oficiadora de la convocación. Es posible que reconozcamos en sus imágenes parientes más cercanos en el tiempo (como el surrealismo), pero la verdadera naturaleza de la palabra de Olga Orozco es ancestral. Su voz se acerca a nosotros, ya desde sus primeros libros, como un mensaje oracular; sus advertencias de «prisionera del mismo desenlace igual que una heroína en el carro del mito» se acerca a nuestro corazón no para sanar sus heridas, tarea inútil, sino para enseñarnos a reconocerlas. Como todos los mensajes oraculares, sus poemas están construidos en la arquitectura de la ambigüedad, la sospecha, la desazón y no es tarea simple aprender a descifrarlos, pues nos hablan de una realidad que «también ha llegado hasta aquí a través de un salto feroz en las tinieblas». Pero de manera extraña, misteriosa en su coherencia, la voz de Olga Orozco tiene siempre sabor de regreso y de raíz, y su oscuridad es más luminosa que cualquier certeza. Sus poemas despliegan el tapiz de una trama cambiante, un tapiz por el que caminamos vacilantes, ya que «nunca entenderemos cuál es nuestro verdadero papel en esta historia».

Olga Orozco (Toay, La Pampa, 1920, Buenos Aires, 1999), no es, desde luego, una absoluta desconocida. Sin embargo, sin embargo. A la vez que realizaba los más diversos trabajos (de actriz radiofónica a periodista con seudónimo, de redactora de horóscopos a consultora sentimental) Olga Orozco nos entregaba una de las obras poéticas más severas y profundas de la poesía en castellano de este siglo. Vinculada desde su juventud al mundo literario bonaerense, a pesar de reconocimientos y premios1, su voz no ha llegado, al menos a España, como la piedra angular que es. Sea porque estos no son buenos tiempos para el temblor de las raíces ni para la palabra que oficia desde la sombra del misterio, sea porque la poesía española no siempre sabe cómo leer la libertad expresiva americana y su vinculación a otras tradiciones, sea porque la voz femenina de Olga Orozco es cuando menos tan congruente, tan inquisidora e indagadora entre las cavernas de la inteligencia y los ríos de la intuición como la de cualquier gran voz masculina.

La voz de Olga Orozco eligió «los delirios, las magias y el amor»; su obra, más que un conjunto de poemas impresos, es un agujero, un oscuro pasillo de tránsito entre la realidad y la realidad: «ese relámpago inasible/ que revela en nosotros la soledad de Dios».

Para hacer un talismán

Se necesita sólo tu corazón
hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado.
Déjalo a la intemperie,
donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca
y no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío
sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos,
donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías
y no logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.
Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
que lo sacuda el trote ritual de la alimaña,
que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias.
y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo,
antes que sea tarde,
antes que se convierta en momia deslumbrante,
abre de par en par y una por una todas sus heridas:
que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo,
que plaña su delirio en el desierto,
hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre:
un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.

Si sobrevive aún,
si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios;
he ahí un talismán más inflexible que la ley,
más fuerte que las armas y el mal del enemigo.
Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela.
Pero vela con él.
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra;
puede ser tu verdugo.
¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte!

(de Los juegos peligrosos)

Con esta boca, en este mundo

No te pronunciaré jamás, verbo sagrado,
aunque me tiña las encías de color azul,
aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro,
aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas
y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos.

Tal vez hayas huido hacia el costado de la noche del alma,
ese al que no es posible llegar desde ninguna lámpara,
y no hay sombra que guíe mi vuelo en el umbral,
ni memoria que venga de otro cielo para encarnar en esta dura nieve
donde sólo se inscribe el roce de la rama y el quejido del viento.

Y ni un solo temblor que haga sobresaltar las anudas piedras.
Hemos hablado demasiado del silencio,
lo hemos condecorado lo mismo que a un vigía en el arco final,
como si en él yaciera el esplendor después de la caída,
el triunfo del vocablo, con la lengua cortada.

¡Ah, no se trata de la canción, tampoco del sollozo!
He dicho ya lo amado y lo perdido,
trabé con cada sílaba los bienes y los males que más temí perder.
A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía,
retumban, se propagan como el trueno
unas pocas monedas caídas de visiones o arrebatadas a la oscuridad.
Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la muerte, poesía.
Hemos ganado. Hemos perdido,
porque, ¿cómo nombrar con esta boca,
cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?

(de Con esta boca, en este mundo)

Bibliografía poética

  1. Desde lejos (1946)
  2. Las muertes (1952)
  3. Los juegos peligrosos (1962)
  4. Museo salvaje (1974)
  5. Cantos a Berenice (1977)
  6. Mutaciones de la realidad (1979)
  7. Obra poética (1979)
  8. La noche a la deriva (1984)
  9. En el revés del cielo (1987)
  10. Con esta boca, en este mundo (1994)
  • (1) Primer Premio Municipal de Poesía, Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía, Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes, Primer Premio Nacional de Poesía, Premio Gabriela Mistral, otorgado por la OEA, Premio Juan Rulfo, entre otros. volver
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