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Martes, 24 de julio de 2001

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ARTE / Claroscuro

Con gracia y salero

Por Susana Calvo Capilla

Entre 1776 y 1777 Goya pintó un conjunto de cartones para los tapices que iban a decorar el comedor de los príncipes de Asturias en el Palacio del Pardo. En la serie había escenas populares como una merienda, una riña o este baile, todas de la invención de Goya. Según su propia descripción lo aquí representado es un baile a orillas del Río Manzanares; dos Majos y dos Majas que bailan seguidillas, y otros dos que hacen Música, uno de ellos canta con la guitarra, otro acompaña con una bandurria y otro, en el mismo término, que con las manos lleva el compás... Los personajes se disponen en varios planos siguiendo los desniveles del terreno y en diagonal respecto al espectador, rompiendo así con la típica frontalidad de los tapices.

Otra novedad es el paisaje, que en esta ocasión es reconocible: se trata del río Manzanares a las afueras de Madrid, con vistas hacia la basílica de San Francisco el Grande, junto al Palacio Real, recién acabada. Francisco Sabatini, el arquitecto del rey que había dirigido aquellas obras, era a la sazón supervisor de la Real Fábrica de Tapices, por lo que se sospecha que la inclusión de la silueta de la basílica en el cuadro no fue del todo casual.

Esta escena popular era probablemente muy habitual por esas fechas en Madrid. Como ya apuntábamos en el comentario de un cuadro de José Camarón (La romería), el «majismo» había surgido a finales del siglo xviii. Los majos y las majas eran gentes de clase media que reaccionaron contra el predominio de las modas francesas e italianas entre los aristócratas. Reclamaron una vuelta a lo castizo o lo tradicional y, al mismo tiempo, pusieron en práctica otro tipo de relaciones personales, lejos de la afectación y la superficialidad reinantes. Por ejemplo, frente a los melindrosos petimetres, los majos abogaban por unas relaciones amorosas más directas, más atrevidas. Se burlaban de los famosos «cortejos» de las señoras de alta sociedad, una especie de galanes, en teoría sólo fingidos, que eran tolerados de buen grado por sus maridos.

La mujer ideal ya no era una muñeca bien vestida y de buenos modales pero falsa, sino un ser de carne y hueso, apasionada, ingeniosa y descarada, tal y como aparecen en muchas ocasiones en los cuadros de Goya y en los sainetes satíricos de la época. La primera gran dama en adoptar las formas, vestidos y decires populares fue la duquesa de Alba, doña María Teresa Cayetana, tan cara de nuestro pintor. Se vestía de maja y actuaba con tanto desparpajo como ellas, lo que animó mucho el cotarro aristocrático en los años finales del siglo xviii.

En cuanto a los nuevos bailes de moda eran la seguidilla, el bolero, los fandangos, las chaconas... acompañados de guitarras y bandurrias, instrumentos en alza en ese momento:

Yo soy de poca edad, rica y bonita,
tengo lo que llamar suelen «salero»,
y toco y canto y bailo hasta el bolero.

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