Cine y televisión
Por Lisandro Duque Naranjo
Es usual que la escasez endémica de películas en Iberoamérica se compense con la salida de las ideas por otros conductos. Mejor dicho: que el represamiento en la productividad fílmica, termine obligando a los artistas a abrir drenajes hacia otras gramáticas, a efecto de que sus historias no se les fermenten por falta de circulación. Algo así como cuando a un cuero tieso lo pisan por una punta, que se levanta por la otra. Hay entonces migraciones hacia otras artes, la escritura principalmente, disciplina a la que no llegan propiamente como paracaidistas muchos profesionales del cine, pues ese era el oficio en el que se desempeñaban cuando la cámara se les atravesó como una tentación.
El tropiezo que afecta a estos anfibios es que ante la profusión de libros escritos por testaferros literarios de las vedettes de la televisión —esas que combinan aeróbicos con baladas pop, y modelaje con autobiografía— no falta quien descalifique sus libros, sin darles lectura, por suponerlos una derivación oportunista y coyuntural de esa cosa que se llama «farándula». Qué se le va a hacer si la fauna frívola es ineludible en el entorno del cine, y por desgracia, casi siempre imprescindible. Una première sin pieles finas, ni pelucas rojas, ni una o dos parejitas de esas que sostienen una relación escandalosa, puede significarle a la película una salida al mercado con el pie izquierdo.
Los esnobs son al cine, lo que las porristas son a los equipos de fútbol y las manolas a las corridas de toros. Pero bueno, aunque se le publica mucho a gente que no escribe, y hay tanta gente que escribe a la que no se le publica, hay veces que la fortuna nos provee libros de cineastas. Algunos de ellos magníficos, y casi todos interesantes. Fernando Solanas y Octavio Getino, de Argentina. Víctor Gaviria, Bella Ventura y Alexandra Cardona, de Colombia. Julio García Espinosa y Jesús Díaz, de Cuba. Miguel Littin, de Chile. Pedro Rivera, de Panamá. Ulises Estrella, de Ecuador. Edmundo Aray, de Venezuela, son algunos de los que transitan como Pedro por su casa entre un procesador de imágenes y otro de palabras. Varios de ellos, incluso, terminaron radicándose del todo en la literatura. Me faltan datos de otros municipios, y haría bien algún lector de Rinconete ayudándonos a hacer crecer esta lista.