ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Belleza y ferocidad, fragilidad y bestialidad, dulzura y violencia, victoria y derrota: antítesis, contradicción, personalidades contrapuestas; todo ello resumido en los dos personajes de este cuadro que parecen estar revelando el carácter de Caravaggio, la lucha interna del alma del pintor, violento y apasionado, melancólico y rebelde, pero sobre todo un genio de la pintura, un revolucionario. Consiguió reflejar todas las pasiones, las propias, las ajenas, a través de unos personajes cuyos modelos eran gente vulgar, muchachos callejeros: ¡qué gran escándalo en Roma cuando se dieron cuenta de que la Virgen, yacente en su lecho, a punto de elevarse a los cielos, era en realidad la imagen de una prostituta ahogada en el Tíber con el vientre hinchado y los pies sucios! (El Tránsito de la Virgen en el Museo del Louvre). El crudo naturalismo de sus obras, su desconcertante iconografía y el innovador tratamiento compositivo y lumínico le acarrearon algunas denuncias por falta de decoro por parte de las esferas eclesiásticas. En cambio, su obra fue favorablemente acogida en los círculos cultos y elitistas de Roma.
En este cuadro, único de Caravaggio en el Museo del Prado, David simboliza la belleza y la fuerza, la victoria de un mórbido e «inocente» adolescente sobre un gigante de turbio semblante, ojos desorbitados y tez cetrina, con un rictus de derrota e impotencia. Se trata de un tema varias veces repetido por Caravaggio, quien, a diferencia de otros pintores, muestra una obsesiva atracción por la siniestra cabeza del Goliat. Sospecha el poeta Luis Antonio de Villena que en la derrota del gigante, en la tristeza y la desesperación de su rostro, el pintor se representa a sí mismo (en una de las últimas versiones, la de la Galería Borghese, puede tratarse verdaderamente de un autorretrato), ¿presiente quizá su propio fin, su muerte en soledad en la playa de Port Ercole, víctima de la malaria o cosido a puñaladas por un sicario enviado por los caballeros de la Orden de Malta? La escena de su muerte, trágica ya en sí misma, puede convertirse en dramática si añadimos que el pintor volvía a Roma tras años de destierro y persecución: por fin había sido perdonado su crimen y tenía la oportunidad de trabajar de nuevo en la ciudad de los Papas, ofrecer su genio a los grandes mecenas romanos. Era el verano de 1610. Tenía 39 años.
La composición de la versión del Prado es una de las más originales: David aparece agachado, apoyando una rodilla sobre la espalda del gigante mientras corta su cabeza. Caravaggio contorsiona sus cuerpos en un brutal y atrevido escorzo, los esculpe mediante acusados contrastes de luz y sombra, acentúa así la teatralidad, el dramatismo de la escena.