Literatura
Por José Jiménez Lozano
La fascinación por la ciencia, enteramente atendible y comprensible, ha ido conformando la idea en los últimos cincuenta años sobre todo —aunque en realidad antes, si pensamos que ya don Carlos Marx creía que la historia funcionaba conforme a normas hegelianas por él readaptadas— de que todo conocimiento o discurso sobre la realidad debe ser científico para ser atendido y aceptado. Y, así, la historia, la sociología y hasta el análisis literario, se presentan con sus vitolas científicas.
Los científicos han sido los más escandalizados, en primer lugar, pero es que, además, los frutos de tal supuesta cientificidad, en esos ámbitos en que la ciencia no pinta nada, han sido realmente magros, descabellados con frecuencia, y también ridículos a veces. Pongamos por caso los de la sovietología occidental, que con todo su empaque, desde luego que ni se olió siquiera el derrumbe del Imperio, y apostaba desde luego por su perennidad.
Pero la inercia intelectual, la tiranía de las modas, los estaribeles que levanta, son cosa humana, y los intereses intelectuales no se renuncian más fácilmente que los dinerarios, así que tendremos «ciencias sociales» para rato. Y ni que decir tiene que también España, tanto en su historia antigua como en la más reciente, ha sido objeto de estudio de estas ciencias sociales, que han logrado imponentes resultados. Sólo que los españoles normales y corrientes tienen que preguntarse, atónitos e interrogadores ante ellos: ¿de qué país realmente hablan tales sabidurías? ¿De España?
Realmente no se está nada seguro.