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Martes, 10 de julio de 2001

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ARTE / Claroscuro

Como Platero

Por Susana Calvo Capilla

Zurbarán, el mejor pintor de monjes (y de hábitos) del Siglo de Oro español, fue también un gran bodegonista aunque no practicó con asiduidad el género. Tanto sus personajes como sus animales u objetos, rodeados casi siempre de un espacio inmaterial y denso, transmiten una quietud concentrada, una serenidad cargada de misticismo. Zurbarán, nacido en un pueblecito de Badajoz (Fuente de Cantos, 1598), aunque siguió la escuela naturalista sevillana, concebía sus escenas con una austeridad profundamente espiritual, muy lejana del dramatismo que practicaban algunos otros artistas contemporáneos. Las monumentales figuras del extremeño, de perfiles netos y volúmenes geométricos, llamaron la atención de los pintores románticos franceses, de Cézanne y después de los cubistas.

En general, se atribuye a los bodegones un significado devocional. Los humildes alimentos y objetos representados adquieren un valor trascendental puesto que sirven para recordar el poder de Dios, la naturaleza divina de lo creado por Él. Zurbarán pintó varias veces el Carnero Místico, precisamente el símbolo del sacrificio de Cristo por toda la Humanidad. A diferencia de las demás, la versión adquirida hace poco por el Museo del Prado (quizá la mejor de todas aunque no esté firmada) carece del nimbo que identifica al animal como Agnus Dei. Tal vez por ello éste es, más que ningún otro, un indefenso corderillo maniatado al borde de un escalón de piedra, a punto del sacrificio; un carnero lanudo, suave, regordete y esponjoso, tan blando por fuera que, como Platero, se diría que es todo de algodón, que no lleva huesos; sus cuernos se curvan como si fueran también flexibles, inofensivos; y sus ojos..., sus ojos entreabiertos parecen reclamar clemencia, es todo mansedumbre, sin un balido de queja.

No hay ningún elemento superfluo, nada perturba la visión del tierno y conmovedor cordero. La primera impresión que produce al verlo es la de un animal de verdad, de tamaño real pero inmóvil, ¿todavía está vivo?, ¿o muerto de miedo, el pobre? Y es que Zurbarán los pintaba del natural, hasta el punto de que hay quien dice que en este caso lo hizo en verano por lo crecido de la lana y que el carnero, seguramente de raza merina (aquellos que producían la famosa lana castellana), no tenía más de ocho meses por la dimensión de sus cuernos.

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