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Miércoles, 19 de julio de 2000

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Literatura

Platos fuertes

Por José Jiménez Lozano

Cuando Moratín sale de España, y ve las bañeras domésticas en Londres, prueba la cocina francesa y experimenta, también, la suavidad y policía de otras costumbres que las españolas, comienza a escribir cartas sarcásticas a sus deudos y amigos, y dice, por ejemplo: «Dios te dé los ácidos gástricos que necesitas para tus pimientos en vinagre, tus sardinas, tus huevos duros, tus callos y tu tarángana frita». Y lo repite en otras cartas, lo que quiere decir que, a lo mejor, él mismo está echando de menos todo eso y, cuando escribe la coletilla diciendo «¡Esa sí que es vida!», la cosa va dicha con ironía pero quizás está encubriendo una nostalgia.

El caso es que esa terrible gastronomía es la que ha hecho, como lo que más, por sostener la apetencia de visitar este país, tanto en el pasado como en el presente; porque nuestra industria turística ha estado basada siempre en la oferta de platos fuertes: Inquisición, despiojamiento a la puerta de las casas, caballistas y bandoleros, y taránganas fritas con guindillas, o asadurilla.

Los platos fuertes históricos ya no los podemos servir, pero sí los platos fuertes gastronómicos, que son pura metralla desde el punto de vista dietético. Pero, claro está que no se viene a España a practicar teorías dietéticas y de alimentación científica; aunque, incluso si se viniese, sin duda que tras la prueba gastronómica se reformaría la teoría. Un poco de esto ha ocurrido con el aceite de oliva, y quizás mañana puede ocurrir con todo este menú de Moratín.

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