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Martes, 18 de julio de 2000

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ARTE / Claroscuro

Escenas en un paisaje

Por Juan Carlos Ruiz Souza

Se trata de un cuadro de retablo, perteneciente a una de las ermitas de los jardines del Buen Retiro, muy próximos al lugar donde hoy se encuentra el Museo del Prado. Ha sido considerado como uno de los paisajes más bellos de toda la pintura española. Todavía hoy se barajan muchas fechas para datar su realización.

En esta obra, Velázquez nos muestra una serie de capítulos de la misma historia, recurso narrativo muy utilizado en la pintura flamenca de los siglos precedentes. El pintor, tomando como fuente iconográfica la Leyenda dorada de Jacobo de la Vorágine, representa varios episodios del viaje que realiza san Antonio Abad por la Tebaida egipcia para encontrarse con san Pablo ermitaño.

En la parte izquierda de la tela observamos cómo, primero un centauro y posteriormente un sátiro, van indicando el camino al asceta. Por fin, llega a la cueva del eremita, y llama a su puerta. En el primer plano ambos santones quedan sorprendidos por un cuervo que milagrosamente trae doble ración de pan, frente a la única que portaba el resto de los días. La historia continúa con la muerte de san Pablo, cuya alma portada por unos ángeles pudo ver san Antonio en su camino de vuelta, lo que le hizo retornar a la cueva de su amigo para proceder a su entierro. Allí se encuentra con dos leones cavando la fosa del anacoreta, suceso que se refleja en la parte izquierda del lienzo.

Se trata de una obra excepcional dentro de la producción del artista, no sólo por ser inusual el tema religioso en el repertorio pictórico del sevillano, sino por la técnica magistral utilizada en el tratamiento del ambiente de las escenas desplegadas en la tela. Para ello, como si de una acuarela se tratase, las diluidas capas de pintura, en las que predominan las tonalidades verdes y azules, traslucen la preparación del lienzo realizada en blanco de plomo. Dicho artificio, que obvia la ejecución de claroscuros acentuados, dota a todo el cuadro de una gran atmósfera y luminosidad interior, especialmente perceptible en el paisaje y en el maravilloso celaje que rodea la cueva del santón. La ocurrencia técnica desplegada en esta pintura, sin olvidarnos de esa maestría de pincelada libre y sintética que caracteriza al pintor en su madurez, ha inclinado a parte de sus especialistas a considerar este trabajo como uno de los últimos, o incluso el postrero, de la producción del artista.

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