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Martes, 11 de julio de 2000

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ARTE / Claroscuro

Temas de ayer, de hoy y de siempre

Por Juan Carlos Ruiz Souza

Velázquez nos presenta una vez más una escena mitológica, de forma irónica y desenfadada, descargada de toda grandilocuencia, en un ambiente pseudopopular del siglo xvii. Tres siglos después...

Actores: Apolo el Guapo, Vulcano el Feo, y los forzudos hermanos cíclopes.

(Estaba Vulcano trabajando en uno de los encargos de los dioses olímpicos, cuando recibe la visita inesperada de Apolo.)

Apolo: Aprovechando que pasaba por el Etna, me preguntaba si seguirías trabajando en este local, así que me he dicho a mí mismo ¿Apolo, por qué no entras a la fragua de Vulcano, y de paso saludas a los muchachos, y ves como está quedando la nueva panoplia de Marte? (dijo Apolo, así como el que no quiere la cosa, con un tono entre irónico y socarrón, deseando contar algo urgentemente).

Vulcano: Desembucha amigo, que ya nos conocemos. Tus visitas nunca son gratuitas.

Apolo: Bueno, si te pones así e insistes, te contaré un chisme que te afecta, aunque sólo lo hago porque se trata de ti y nos conocemos hace ya muchos años. Tal como te dije el otro día por Internet, últimamente observo que trabajas mucho, y ya sabes que, Venus, tu joven y preciosa mujer, siempre aparece en público, muy ligera de ropa, y si me apuras algo provocativa... Y no se si estás al tanto, pero los dioses no somos de piedra.

Vulcano: Ya me lo imaginaba yo... Ayer cuando puse un certificado en Correos, vi como Mercurio se volvía a Iris, empezaban a cuchichear y comenzaron a reírse, seguro que leyeron alguna de las cartas de Venus o espiaron alguna de sus interminables conversaciones telefónicas, y cuando por la noche me tomé en el garito de Dionisio unos chatos, me daba la sensación que todos me miraban y que hablaban de mí... Pero sigue con la historia, querido amigo. ¡Vayamos al grano! ¡Dime..., con quién me engaña!

Apolo: No sé si debo... (en el fondo estaba deseando decírselo). Prométeme no perder los estribos, pero ayer, en el casino, mientras echábamos un mus, escuche el nombre de Marte.

(El pobre Vulcano se quedó estupefacto, al igual que los cíclopes, ya que, al fin y al cabo, en aquel momento estaban confeccionando la nueva armadura de Marte...)

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