Literatura
Por José Jiménez Lozano
De los bufones de Palacio, y de otros que también poseían los grandes de España, nos han quedado dichos más o menos auténticos, o historias graciosas o tristes pero siempre interesantes. Por ejemplo, la de don Manuelillo de Gante quien, viendo que no había confites para postre de la Reina, porque el confitero no los quería fiar, sacó unas monedas de su bolsillo y envió por ellos. O la otra historia del otro bufón Cirio con el que, para divertirse, unos cortesanos simularon un arcabuceamiento, y al que luego regalaron una cadena de oro para compensarle de la broma, pero él la devolvió.
Parece, sin embargo, que fuera de don Francesillo de Zúñiga, el bufón de Carlos I, ninguno escribió. Éste sí lo hizo y compuso un libro, en un estilo muy recargado y barroco y lleno de gracias y asuntos disparatados, pero en el que se nos cuentan cosas estupendas y se hacen retratos verdaderamente penetrantes, como el del cardenal Cisneros: «una galga envuelta en sarga».
Don Francesillo es el que nos cuenta que, cuando el Emperador entró en Calatayud, al ver un labrador de allí cómo llevaba al boca abierta —porque el prognatismo nunca dejó a los Austria cerrarla— le dijo: «Cerrad la boca, Majestad. Moscas de estas tierras son traviesas». Y el Emperador contestó que «del necio el consejo» y luego ordenó darle un dinero porque era pobre. Y Carlos era el dueño del mundo, realmente, y rey absoluto. Espejo es, sin duda, para gentes en autoridad constituidas que se hieren con una crítica levemente picante.
Y también se definen y retratan frente al emperador, claro está.