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Lunes, 22 de febrero de 1999

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Cultura y tradiciones

Honor epistolar

Por Julia Escobar

Leo en el Boletín informativo de Correos y Telégrafos que Antonio Mingote ha sido nombrado cartero honorario de España. Además de sus otros méritos, el dibujante había diseñado 24 sellos que recogen escenas de El Quijote para un programa educativo titulado «Correspondencia epistolar escolar». Quienquiera que esto lea pensará que se trata de una de las muchas distinciones honoríficas que proliferan hoy en día: hijo adoptivo, presidente de honor, socio honorario, etcétera, al alcance de cualquier celebridad medianamente socorrida con la que se pueda cubrir el expediente. Pues no.

En lo que va de siglo —y va mucho— sólo hay tres carteros honorarios. El primero fue Ramón Carande en 1980, y el segundo, Camilo José Cela en 1982. Tampoco fueron muy numerosos sus predecesores en los honores: Mariano Pardo de Figueroa, en 1890, y Rafael Álvarez de Sereix, en 1893. Nada puedo decir de este último ni de sus méritos, pero del primero contaré que firmaba sus muchas obras con el pseudónimo de «Doctor Thebussem», anagrama de la palabra embuste germanizada con la letra h, y que sus tres grandes pasiones eran Cervantes, la gastronomía y Correos.

Como se verá no es fácil llegar a ser cartero honorario, nombramiento que da derecho a enviar toda la correspondencia sin tener que franquearla, estampando una marca especial en la que consta el título y que conlleva figurar en el escalafón de Carteros y el uso de uniforme, pero que, según nos aclaran en el mencionado boletín, carece de sueldo. Me pregunto si podría darse algo parecido con el correo electrónico.

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