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Jueves, 21 de febrero de 2013

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Literatura

De turismo por la literatura medieval (5). Llegada a Samarcanda

Por Ana Belén Chimeno del Campo

Nuestro periplo literario nos acerca en esta ocasión a la Samarcanda medieval: una de las urbes más antiguas y fascinantes de Oriente, escenario principal de Las mil y una noches, corazón comercial de la ruta de la seda, y suntuosa corte de los dominios hegemónicos de Timur Lang.

Como guía contamos en esta ocasión con el testimonio que Ruy González de Clavijo nos legó en la laureada Embajada a Tamorlán, el más célebre de nuestros libros de viajes, nacido en 1406 como consecuencia de las efímeras relaciones diplomáticas emprendidas entre el reino de Castilla y el imperio más pujante de la época, el timúrida.

El 8 de septiembre de 1404 los emisarios del rey castellano Enrique III llegan a Samaricante o Samarcante, como se la conocía entonces, tras más de un año de camino recorriendo Europa y Oriente Próximo. Como es habitual en los relatos de viajes, no tarda el narrador en desvelarnos el supuesto origen etimológico de su nombre: «E tan gruesa e abastada es esta dicha ciudad e su tierra que es maravilla, e por este bastimento que en ella tiene, tuvo este nombre Samarcante, e su nombre proprio es Cimesquinte, que quiere decir aldea gruesa, e “cimes” dicen por grueso e “quinte” por aldea, de aquí tomó su nombre».1

Entre majestuosos e interminables festejos, suntuosos banquetes, recepciones imperiales, ajusticiamientos y espectáculos circenses celebrados en la corte, por fin encuentra Clavijo espacio para retratar la realidad física y cultural de Samarcanda.

Como no podía ser de otro modo, el narrador describe con detalle la ferviente actividad mercantil de la urbe. Según nuestra fuente, Tamorlán hizo acondicionar la ciudad para favorecer el intercambio comercial, consciente de sus históricos beneficios para el desarrollo económico de la zona:

En esta ciudad de Samarcante se tratan de cada año muchas mercadurías […] e porque en ella no había plaza solemne en que se vendiese ordenada e regladamente, mandó el señor que fuese hecha por la ciudad una calle que tuviese de una parte e de otra boticas en ella e tiendas para que se vendiesen las mercadurías, e que esta calle comenzase de un cabo de la ciudad e fuese hasta el otro.

En la Edad Media, como también ocurre en la actualidad, se podían encontrar en Samarcanda productos procedentes de toda la geografía asiática. De Rusia y Tartaria, «cueros e lienzos»; del Catay (China), «paños de seda, […] almizcle […] diamantes, […] aljófar e ruibarbo e otras muchas especias]; y de la India, «las especias menudas […], así como nueces moscadas e clavos de giroflé e macis e flor de canela e jengibre e cinamomo e maná» (pp. 178-179).

Pero no todos los productos eran importados. En los numerosos puestos callejeros se podían degustar día y noche las delicias gastronómicas propias del lugar:

E por la ciudad ay muchas plazas en que vende carne cocida e adobada de muy muchas maneras e gallinas e aves muy limpiamente adobadas, e otrosí pan e frutas muy limpiamente, e así están todas estas plazas, siempre así compuestas de día como de noche vendiendo muchas cosas. Otrosí hay muchas carnicerías de carne e de gallinas e de perdices e faisanes.

(p. 179)

Si bien el comercio era una cualidad idiosincrásica de Samarcanda y síntoma inequívoco de su esplendor, no representaba este, ni mucho menos, el mayor de sus atractivos. La riqueza artística y cultural constituía, sin lugar a dudas, el patrimonio más valioso de la ciudad. Para comprobarlo, invitamos al lector a acompañarnos en nuestro próximo trabajo, en el que prolongaremos por un tiempo nuestra estancia en la corte de Tamorlán.

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  • (1) M. Á. Pérez Priego (ed.), Viajes Medievales, II, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 2006, p. 177. En adelante se cita por esta misma edición. Se han actualizado grafías y términos para facilitar la comprensión. volver
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