Literatura
Por Eva Belén Carro Carbajal
Se conocen como Isopetes las colecciones de fábulas de Esopo, tanto manuscritas como impresas. Los Isopetes responden a una larguísima tradición (oral y escrita), y de ello dan buena cuenta las diferentes versiones que circularon durante la Edad Media.
Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, se refiere a los Isopetes en la copla 96, antes de introducir el «Ensienplo de quando la tierra bramava» (fábula conocida como «El parto de la tierra»):
Como la buena dueña era mucho letrada,
sotil e entendida, cuerda e bien messurada,
dixo a la mi vieja, que le avia enbïada,
esta fabla conpuesta, de Isopete sacada.
También Cervantes hace alusión a Esopo por boca de Sancho al hablar del «tiempo de Guisopete» (pronunciación frecuente en el habla rural):
Señor don Quijote, vuestra merced me eche su bendición y me dé licencia, que desde aquí me quiero volver a mi casa y a mi mujer y a mis hijos, con los cuales por lo menos hablaré y departiré todo lo que quisiere; porque querer vuestra merced que vaya con él por estas soledades de día y de noche, y que no le hable cuando me diere gusto, es enterrarme en vida. Si ya quisiera la suerte que los animales hablaran, como hablaban en tiempo de Guisopete, fuera menos mal, porque departiera yo con mi jumento lo que me viniera en gana y con esto pasara mi mala ventura; que es recia cosa, y que no se puede llevar en paciencia, andar buscando aventuras toda la vida, y no hallar sino coces y manteamientos, ladrillazos y puñadas, y con todo esto, nos hemos de coser la boca, sin osar decir lo que el hombre tiene en su corazón, como si fuera mudo.
(Quijote, primera parte, capítulo XXV)
La popularidad de las fábulas esópicas fue muy importante en España y en el occidente europeo a lo largo de toda la Edad Media, ya que estos breves textos didácticos y moralizantes se utilizaban en las escuelas como método sencillo para dar los primeros pasos en el aprendizaje del latín. A finales de la Edad Media se inician las traducciones en lengua vulgar de las fábulas atribuidas a Esopo, enriquecidas, además, con hermosas xilografías. El éxito de estos impresos fue arrollador hasta el siglo xix.
De Esopo, sin embargo, nada se sabe a ciencia cierta. Su figura está rodeada de leyenda e incluso hay investigadores que han llegado a cuestionar su existencia real. Parece, más bien, que fue un personaje inventado para acoger bajo su autoría diversas historias que, con animales como protagonistas, circulaban oralmente en Grecia. La misma biografía de Esopo, que se difundió en diferentes versiones, tiene carácter fabuloso y mítico. Según la tradición, nació en Frigia y fue esclavo durante muchos años en la isla de Samos, pero su ingenio despierto le granjeó la libertad. Viajó mucho y murió en Delfos. Se dice que Esopo criticó a los habitantes de esta ciudad reprochándoles que vivieran a costa de su célebre oráculo. Estos, indignados, colocaron para vengarse un vaso sagrado en su equipaje, motivo por el cual fue acusado de sacrílego y de ladrón, y fue despeñado por un precipicio. También según la leyenda, era feo, jorobado y tartamudo, pero dotado de un ingenio natural y de un sentido común que desconcertaba a los filósofos y a los sabios.
En nuestros días la tradición oral recoge buena parte de la sabiduría de estas fábulas, que son muy conocidas. Incluso a los niños más pequeños no les son ajenas las vicisitudes de la cigarra y la hormiga…