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Miércoles, 13 de febrero de 2013

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Historias de palabras (3). Élite, la aceptación

Por Alberto Montaner

Dejo a la discreción de los lectores considerar si la adopción de lema para esta tercera entrega guarda alguna relación con el seleccionado para la segunda. No obstante, aparte de una siempre posible asociación de ideas, lo que de modo más inmediato me sugería ocuparme de esta palabra era una cuestión de acentos. Pero vayamos por orden.

Es bien sabido que la voz de referencia procede del francés élite [eˈlit], la cual es, a su vez, una forma evolucionada de eslite, propiamente el participio pasado femenino de esleir ‘escoger’ (hoy élir, empleado sobre todo en la acepción de ‘designar a alguien por elección para un cargo o dignidad’), derivado del latín vulgar exlegére, formado sobre el clásico elĭgĕre, étimo, a su vez, del español elegir (mientras que la forma antigua castellana esleer deriva de la misma variante que el verbo francés). Dado que, en su función participial, eslit fue sustituido por esleü (en competencia ambos desde el siglo xii y triunfante este en el siglo xvi, hoy élu), el término quedó liberado para otros usos. Como adjetivo independiente aparece en unos versos bastante conocidos de una de las canciones atribuidas al trovero belga Conon de Béthune (ca. 1150-1220):

Noblet, je suis fins amans,
Si aim la millor eslite
Dont onques cançons fust dite.

Gentil, soy fino amante,
pues amo a la más escogida
de aquellas sobre las que alguna vez se entonó una canción.

Para esas fechas, sin embargo, esa misma forma femenina ya se había sustantivado y en 1176 Chrétien de Troyes usaba en sus Cligès la expresión a vostre eslite ‘a vuestra elección’, mientras que a fines del siglo xiv, Christine de Pisan empleaba el término con el sentido de ‘la mejor parte (de algo)’ en Livre du duc des vrais amans. Aunque empleado originalmente tanto para personas como para cosas, el segundo uso ha quedado anticuado, perviviendo solo el primero. El término significa, pues, etimológicamente, ‘lo escogido’ o ‘lo selecto’ (siendo este, a su vez, por etimología, lo mismo que ‘seleccionado’). El monumental Trésor de la Langue Française (TLF) define así el sentido genérico: «producto de una elección que, de un conjunto de seres o de cosas, no conserva más que los mejores elementos», mientras que da como acepción principal «minoría de individuos a los que se asocia, en una sociedad dada, en un momento dado, un prestigio debido a cualidades naturales (raza, sangre) o adquiridas (cultura, méritos). Sinónimos: crème, fleur [= ‘nata, flor’]». Eso sí, apostilla que «la palabra se emplea a menudo con intención irónica, por alusión al sentimiento de suficiencia de los individuos o grupos que se atribuyen el título de élite». Después indica que su uso en plural, les élites, es un neologismo de principios del siglo xx, con el sentido de «clase minoritaria compuesta de gente que, por su nacimiento y sus méritos, su cultura y su capacidad, son reconocidos (o se reconocen a sí mismos) como los más aptos bien para ocupar los primeros puestos de la sociedad a la que pertenecen, bien para dar el tono a su medio social». En particular, añade, se emplea con sentido peyorativo, para designar a los «círculos restringidos de una sociedad cuyos miembros se arrogan el derecho de juzgar en los asuntos del espíritu [choses de l’esprit], de hacer y deshacer reputaciones».

El lector hispanohablante reconocerá aquí sin problemas las principales acepciones y subacepciones que el término posee en español, donde se ha empleado con los mismos sentidos y, en la ocasión, idénticos matices. Según los datos disponibles en el CORDE y en las bases de datos léxicas de Mark Davies Corpus del Español (CDE) y Google Books (Spanish) Corpus (GBSC), el término se introdujo en las primeras décadas del siglo xix. La referencia más antigua que se ha encontrado corresponde a una «Harenga [sic] del General Bolívar al Congreso de Venezuela, traducido del Inglés», recogida en Colombia: siendo una relacion geografica, topografica, agricultural, comercial, politica de aquel pays (Londres: Baldwin, Cradock & Joy, 1822, vol. II, p. 410), del publicista inglés Alexander Walker, donde aparece la frase: «al presente los nobles defensores de la independencia no solo estan armados de justicia, pero de poder, y nuestras tropas pueden disputarlo al elite de las de Europa, ahora que poseen igualmente los medios de destruccion» (respeto la ortografía del original). El discurso data de enero de 1819, pero, como advierte la rúbrica, no se reproduce el texto original del Libertador, sino que se retraduce al español la versión inglesa incluida en el texto original de Walker, Colombia: Being a Geographical, Statistical, Agricultural, Commercial and Political Account of that Country (en la misma editorial y año, vol. II, p. 411). No obstante, aunque no pueda asegurarse que Bolívar emplease el término tres años antes, su uso en 1822 no responde al modelo inglés, que dice «our troops may rank with the choicest in Europe» (que estaría mejor traducido como ‘nuestras tropas pueden equipararse con las más selectas de Europa’). Puede considerarse, pues, que el término ya corría en español por esas fechas. Lo asegura su reaparición, sin ningún indicio de que se tuviese por galicismo crudo o voz poco usada, en las Observaciones sobre la Historia de la Guerra de España (Londres: D. M. Calero, 1829, vol. I, p. 52), de José Canga Argüelles, donde se alude a «la elite sagrada de los defensores de la nacion». Las diferentes costumbres ortográficas impiden tener la certeza de cómo se pronunciaba la palabra, aunque en este caso el hecho de que se acentúen varias voces esdrújulas (en esa misma página, por ejemplo, tímidos, desórdenes, domésticos), hace pensar que el acento era llano /eˈlite/, si no es que se pronunciaba a la francesa, /eˈlit/.

Tampoco puede deducirse de estas menciones que la palabra estuviese absolutamente naturalizada para esas fechas, pero al menos en el registro culto debía de resultar lo bastante familiar como para poder emplearse de la forma vista. Aun así, en el siguiente comentario sobre el Liceo en el primer número de la revista La Esperanza (1 de enero de 1841), se lo describía como «este establecimiento donde se reune la élite, que diría un francés, de la buena sociedad» (p. 8). Por su parte, Sarmiento, en su célebre Facundo o Civilización y Barbarie en las pampas argentinas, aparecido como folletón en 1845, emplea en dos ocasiones la expresión, hoy lexicalizada, tropas de élite (pte. II, caps. 7 y 8), pero en ambas la voz francesa aparece en cursiva. Igualmente, cuando Patricio de la Escosura publica su novela El patriarca del valle (Madrid: Gabinete Literario de F. de P. Mellado, 1846), no solo lo considera una voz extranjera, sino que la glosa erróneamente: «la Gendarmerie Royal, d’elite, ó sea de reserva, estaba de servicio en las avenidas del Palacio» (vol. I, p. 143). Adviértase además que aquí la falta de acento, que viene exigida en francés, impide confirmar si en los dos casos anteriores de 1822 y 1829 estamos ante una omisión prosódicamente significativa.

Parece claro que durante un tiempo existieron sensibilidades distintas hacia el grado de aceptación del galicismo, aunque este se iba integrando paulatinamente. Cuando José Ramón Rodríguez Manzanares presenta su Informe dado al Excmo. Sr. Ministro de la Guerra sobre el estado del servicio de sanidad militar en varias naciones de Europa (Madrid: Alejandro Gómez Fuentenenbro, 1855), no tiene reparo en escribir que «en vano se ha pretendido poner remedio á la decadencia de la institucion, mejorando únicamente su condicion material, y traer al servicio por este medio la juventud de elite de las escuelas» (p. 119). Unos años después, Joaquín Costa lo utilizaba no menos de nueve veces en Oligarquía y caciquismo, de 1878, y aunque aparece impreso en cursiva, está claro, por su modo de empleo, que el término estaba perfectamente aclimatado. También Rubén Darío lo empleará en seis ocasiones en El modernismo (1892), en su caso, con claras connotaciones positivas: «Existe una élite, es indudable, como en todas partes, y a ella se debe la conservación de una íntima voluntad de pura belleza, de incontaminado entusiasmo». El mismo Clarín, que en El señor y lo demás son cuentos (1893) emplea la expresión a la francesa: «Ya todos los hombres, o casi todos, eran almas superiores aparte, d’élite, dilettanti», lo usa un par de veces, ya sin comillas, en El siglo pasado (1901): «Tú, de seguro, te crees en el fondo, de una élite moral, uno de los seres excepcionales que hay en este mundo tan lleno de morralla intelectual. […] Pues si los santos son más élite que los artistas y pensadores, ¡qué lección para la vanidad de éstos que se creían lo mejor!». A este respecto, puede decirse que el vocablo adquiere definitiva carta de naturaleza cuando la célebre enciclopedia Espasa le dedica seis columnas del volumen XIX (aparecido en 1915), en calidad, sobre todo, de tecnicismo sociológico. El arranque no puede ser más expresivo: «Palabra francesa aceptada en casi todas las lenguas modernas para expresar lo escogido, lo mejor de la sociedad, algo así como la aristocracia de la inteligencia, y de la voluntad». A continuación señala que «algunos autores, sin embargo, nacionalizan la palabra élite», pero, objetan los redactores, «las ventajas que pudieran derivarse de aquella nacionalización, por motivos misoneístas ó fulanistas, casi siempre, no compensan los inconvenientes que supone la aceptación de una palabra, cuyo contenido responde á otra en el lenguaje universal de la ciencia». Ante semejante alegato, ¿quién podría resistirse a la aceptación del término?

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