PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Los muertos siempre han sido un motivo romántico bien explotado, dosificando el miedo que producen y aprovechando que los humanos (vivos) apenas podemos contener la imaginación cuando se alude a esa frontera difusa que permite comunicarnos a quienes quedamos y a quienes marcharon. Eso de Bécquer de «¡Dios mío, qué solos / se quedan los muertos!», que remata la rima LXXIII, no es tan cierto, pues. No están tan solos (no lo han estado nunca en las sociedades rurales) porque no los dejamos en paz. Bien recordándoles, invocándoles o removiéndoles, el caso es que lo del requiem aeternam dona eis que se pide a Dios en la liturgia de difuntos quizá lo consigan por dádiva divina, que lo que es por la acción humana…
Y la representación de los muertos en los cuentos infantiles de cuño romanticista, en los novelones de rigor o en los disfraces al uso suele simbolizarse por su esqueleto o, en la expresión mínima, por su calavera (el fantasma, recordemos, es un espíritu, incorpóreo por tanto). Tardará la cultura popular en sustituir los mondos restos por la figura del zombi, más generoso en casquería, que el cine explotará recurrentemente. Antes, con la calavera bastaba, como la que, traigo otra vez a Gustavo Adolfo, sirvió de canónico decorado al pie de un Cristo (Gólgota significa eso, ‘calavera’), una noche toledana «en la época de la Reconquista», cuando en escena romántica y anacrónica dos caballeros se desafían en duelo por el guante de una dama en la leyenda de El Cristo de la calavera.
Calaveras románicas, y entramos en materia. En la excavación de la necrópolis situada al norte de la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Castillo en Calatañazor (Soria) en el año 2001 se exhumó una reducción anómala sita en la cabecera de una amplia tumba de lajas. Las reducciones son las acumulaciones de huesos que se practican en una tumba sobre un cuerpo anterior cuando va a depositarse uno nuevo. Para hacer espacio y reaprovechar el hueco, los huesos antiguos se sacaban al osario, y los más largos y el cráneo, por lo general, quedaban en la tumba habitualmente a los pies (esa es la reducción metonímica del esqueleto, resumido en sus huesos fundamentales).
En aquella campaña arqueológica se exhumaron 111 tumbas y 158 cuerpos presentes en ellas, que se apiñaban en apenas 110 m2. Pues bien, en la excavación apareció en la cabecera de una tumba una reducción consistente en ocho cráneos agrupados, dispuestos en dos pisos (cinco abajo y tres arriba, estos sin mandíbula), junto a dos pequeñas jarritas estratégicamente situadas. Los análisis revelaron que los cráneos correspondían a tres varones que fallecieron entre los 40 y los 59 años, otro a un hombre más joven, un quinto a una mujer mayor de sesenta años y, finalmente, había uno infantil (6-9 años). Posteriormente, se rodeó el conjunto de cráneos y jarritas con distintos huesecillos procedentes de diferentes pies, siempre, eso sí, del derecho. Todos los cráneos eran robustos y en ninguno se apreciaban enfermedades significativas.
En otras ocasiones y en otras necrópolis medievales, los individuos aparecen enterrados boca abajo, y no es del todo inusual que ciertos cuerpos aparezcan descabezados (no decapitados), sin calavera. Pasto de las elucubraciones mendaces de «amigos del misterio» y guionistas a la búsqueda del argumento fácil, lo cierto es que no sabemos por qué se hacía así, por qué falta la cabeza, por qué boca abajo, por qué los cráneos en disposición piramidal. Que responde a un ritual, seguro. Pero no sabemos a cuál ni el porqué.
Más allá de lo inmaterial, del símbolo y del ritual, estos huesos que se extraen con técnica arqueológica y en contexto resultan de particular interés para una ciencia, la paleopatología, que se afana en extraer la información que a partir de ellos puede colegirse, después de los debidos estudios de malformaciones, desgastes, rebabas, huellas. A ella dedicaremos la próxima entrega.