Ciencia Y TÉcnica
Por Andrés Carrobles
Se dice de Leonardo —se dicen tantas cosas de Leonardo— que dormía de a poquitos: no siete u ocho horas del tirón y por la noche, como la gente normal, sino en intervalos cortos, fructíferos y más o menos equidistantes, como algunos animales que andan atentos por si el depredador. Eso se llama sueño polifásico y, aunque no es muy habitual, hay personas a las que les va bien dormir así. Por lo menos una temporada.
Lo que sí es frecuente en algunas sociedades, digamos la mediterránea, es el sueño bifásico: dormimos por la noche un poco menos (o lo mismo, eso no importa) y nos echamos una siesta de una hora, o de media hora, o de dos horas cualquier domingo de cocido. Los expertos coinciden en que el llamado yoga ibérico relaja y está muy bien; tanto que no han faltado quienes, dispuestos a sacar tajada, han instalado cerca de las oficinas y en algunos aeropuertos sofás vibrátiles donde uno se pone el antifaz y los cascos y desconecta un rato, y luego paga lo dormido.
Ya no es tan frecuente lo del Everyman, del que conocemos varias modalidades distintas, y donde un sueño principal se refuerza con varias siestas —dos o tres a menudo; cuatro a cinco en algún caso—; y mucho menos los programas polifásicos más exigentes, como el Dymaxion, acrónimo de los tiempos de Buckminster Fuller (cuatro siestas de media hora), o el Überman, de ecos nietzscheanos (seis cabezadas de veinte minutos), horarios donde ya no existen ni el día ni la noche. En general, los médicos no lo recomiendan, pero hay quienes, por curiosidad científica o por ansia de productividad, se atreven a probarlo y lo cuentan luego en algún blog. En la época en que los diarios íntimos se escribían sin teclado, el farmacéutico pacense Nicolás Ambás-Regaña decidió redactar el suyo, del que conocemos extractos a través de varias cartas conservadas en los archivos de la Biblioteca de Extremadura.
De acuerdo con el intercambio epistolar que nuestro pulidor mantiene con su tío, el sacerdote Manuel Celdrán, sabemos que Ambás-Regaña inició su experimento el 19 de marzo de 1898, el día de su vigésimo quinto cumpleaños y a los tres meses de su boda, dando comienzo a una intensa preparación física y mental que duraría dos meses, en los que dedicó sus pocos ratos libres a la lectura y el ejercicio e hizo todo lo posible por ajustar a siete horas exactas sus hasta entonces anárquicos patrones de sueño. En la correspondencia no queda claro que existan otros motivos más allá del a ver qué pasa, pero sin duda el joven se lo tomó muy en serio, porque en repetidas ocasiones a lo largo de las cartas hace alusión al «cuaderno negro» donde fue registrando todos los datos que consideraba relevantes para su estudio.
Hoy los blogueros polifásicos se agencian medidores de ondas cerebrales y monitores de actividad física para que no se les escapen los pasos dados, la distancia recorrida o el movimiento del cuerpo durante la noche. Entonces era 1898 y faltaban treinta años para que naciera William Charles Dement, considerado pionero en la ciencia del sueño y descubridor de la fase REM, y Nicolás Ambás-Regaña solo tenía papel y lápiz, y su objetivo era dormir tres horas al día durante una temporada.
Finalizado el entrenamiento, el joven reduce a seis horas su sueño nocturno y empieza a obligarse a dormir durante cuarenta minutos después de la comida. Ciertamente, no está batiendo ninguna plusmarca, pero él lleva la cuenta de todo: horarios de trabajo, de comidas y de sueño, sensaciones generales durante el día, cualquier atisbo de cansancio, cambios de humor. Dos semanas después, reduce otra media hora el sueño nocturno y mantiene su siesta de después de comer, desplazándola ligeramente en función de las necesidades del trabajo y el cuerpo. Comienza a escribir sus sueños en una libreta diferente y anota la frecuencia con que los recuerda. Perfila su alimentación, elimina de su dieta el café y las carnes rojas, reduce media hora más, mueve su siesta, la divide en dos, reduce otra media hora, van pasando los meses, reduce y mueve, apunta las discusiones con su esposa, cada vez más frecuentes, se queda dormido de vez en cuando, mueve y reduce, se desacostumbra y tiene que volver a empezar. Con primorosa caligrafía le cuenta todo esto a su tío, que no sabe bien qué decirle y que le envía libros para la noche oscura.
Después de siete meses, Ambás-Regaña duerme ya tres horas por la noche y una durante el día, repartida en dos siestas de treinta minutos adaptadas a su horario de trabajo en la farmacia. Ha comenzado a elaborar gráficos, palos de ciego que da cansado y triste. De repente su día tiene veinte horas, pero él ya no sabe bien qué hacer con ellas. Sigue durmiendo así ya solo por costumbre, a falta de algo mejor que hacer.
Un día recibe una noticia. Conmocionado, el joven farmacéutico le anuncia solemnemente a su tío que va a abandonar el experimento. Que ya no le interesa.
A partir de entonces, las cartas se espacian, pero no se vuelven menos cordiales, sino todo lo contrario. Los proyectos son ya otros, las preocupaciones son distintas. Unos meses después, la esposa de Nicolás Ambás-Regaña da a luz a su primer hijo.
Comienza entonces para ellos una nueva variante del sueño polifásico.