LENGUA
Por Pedro Álvarez de Miranda
Leo en el periódico El País un artículo muy sesudo del profesor Manuel Cruz, catedrático de Filosofía de la Universidad de Barcelona, que comienza con la observación de que, en opinión del autor, resulta impropia la metáfora, tan utilizada últimamente, del matrimonio —y el consiguiente divorcio, planteado o deseado por algunos— para explicar las relaciones entre Cataluña y (el resto de) España. En un segundo párrafo de su texto defiende Cruz como mucho más adecuada la metáfora de la familia. Y a continuación el tercer párrafo del artículo se inicia así:
Pero, en fin, aceptemos pulpo como animal de compañía, o, si se prefiere, apliquemos la vieja máxima de la metáfora para el que la trabaja e intentemos pensar a partir de ella.
«Aceptemos pulpo como animal de compañía». El autor del texto está empleando aquí un modismo, una locución verbal, aceptar pulpo como animal de compañía, que, por el momento, ningún diccionario recoge, que no sé si todo el mundo entenderá y que, si no me equivoco —en realidad estoy seguro de no equivocarme—, significa esto: ‘admitir lo inadmisible’, ‘transigir resignadamente con algo que no se comparte o no se desea’.
Ante fraseologismos como este es natural que los hablantes se interroguen de inmediato acerca de su porqué. ¿Por qué tal o cual modismo significa lo que significa, por qué está formado precisamente por esas palabras y combinadas de esa forma, de dónde viene? Es, por cierto, un tipo de preguntas más frecuente en simples hablantes que en lingüistas, y nunca compartiré la actitud de los que las miren con cierta displicencia. Para tratar de darles respuesta compuso José María Iribarren un libro muy popular cuya primera edición se remonta a 1955 y que se titula, precisamente, El porqué de los dichos. Lo malo es que algunos porqués se han hecho, con el paso del tiempo, tan oscuros que no siempre las respuestas que se nos brindan resultan convincentes o satisfactorias. Cuando el lector busca en dicho libro, por ejemplo, la explicación de noche toledana, que es expresión muy antigua en español, se encuentra con que se le ofrecen hasta tres explicaciones distintas; y aunque Iribarren se inclina por una de ellas —la que toma de Covarrubias—, el curioso viene a quedarse, más o menos, tan perplejo o intrigado como estaba antes de la consulta.
La dificultad para explicar el porqué de un dicho es directamente proporcional al tiempo transcurrido desde que nació —y los hay antiquísimos—, pues durante dicho tiempo se borran las pistas y suele perderse la conciencia del origen. Es por eso más útil de lo que parece que quienes nos interesamos por estas cosas dejemos a la posteridad —pongámonos solemnes—, cuando nos parezca útil, explicaciones inequívocas y fehacientes de los neologismos fraseológicos. Cuando dentro de unos cuantos años alguien se tropiece con el texto del profesor Manuel Cruz, y en él con la frase «aceptemos pulpo como animal de compañía», pueden pasar dos cosas: si el modismo ha arraigado suficientemente en el uso, el lector la entenderá, aunque tal vez ya no sepa explicar su porqué; si no ha arraigado, ni lo uno ni lo otro: le parecerá absolutamente impenetrable.
Pues bien, en el caso de aceptar pulpo como animal de compañía es todavía muy fácil dar una explicación, y conviene por ello darla antes de que pase más tiempo. El origen de la cosa está —como también, seguramente, muchos lectores aún saben— en el spot publicitario televisivo de un juego de mesa llamado Scattergories. Es un viejo y conocido juego en el que los participantes deben ofrecer, para distintas categorías o grupos de realidades (por ejemplo: animales, colores, prendas de vestir, etc.), palabras que comiencen por una determinada letra.
Recordemos el anuncio. Vemos en él a un individuo que va abrazado a su Scattergories y acaba de marcharse de una casa. Detrás de él, desde la puerta del chalet, una pareja le grita: «¡Aceptamos barco!». El tipo que se marchaba, con actitud de niño mimoso, pregunta sin volverse: «¿Como animal acuático?». Respuesta: «Sííí». Se deduce que el ofendido dueño del juego regresa a la reunión y que la partida se reanuda. Se introduce un plano explicativo de la mecánica del juego: «Un dado, una letra y miles de horas de diversión con Scattergories», oímos, mientras vemos un dado en el que ha salido la letra p y una hoja de papel en la que un concursante ha escrito, junto a «Medicinas», penicilina, junto a «Lenguas o idiomas», polaco, etc. Siguiente plano: una jugadora —seguramente la misma que había salido junto con su marido hasta la puerta de la casa— se pregunta, con voz melosa, de tonta, y mirando su hoja: «Empezando por p, un animal de compañía». A su lado, muy pegado a ella y mirándola con ojos libidinosos, está el dueño del juego, que, insinuándose, le dice: «¡Pulpo!». Ella da un gritito, al tiempo que el marido, que está al otro lado del ligón, exclama con extrañeza e indignación: «¿¿¿Pulpo???». Rápidamente, el dueño del juego se vuelve hacia él con mirada muy seria y amenazante. No dice nada más, pero el significado de esa mirada es inequívoco: ‘O aceptas pulpo como animal de compañía o me marcho, como he hecho antes, y me llevo el juego’. El marido, resignadamente, mirando a cámara, dice: «Vale», y termina el spot. Como se ve, la frase «aceptamos pulpo como animal de compañía» no llega a pronunciarse, pero está implícita. En verdad el anuncio, de ritmo muy rápido, es muy bueno, dice mucho más de lo que expresamente en él se dice. El insufrible dueño del Scattergories tiene chantajeados con sus caprichos a los demás jugadores, pero a estos les gusta tanto el juego que transigen con todo, porque de lo contrario el insufrible se marcha y se lo lleva. Obviamente, en el anuncio se aprovecha también el doble valor de pulpo —‘molusco cefalópodo’ y ‘tocón, sobón, manos largas’—; y nótese el absurdo añadido que implica, existiendo perro, la elección de aquel sustantivo para animal de compañía con p.
La enorme influencia de la televisión y el éxito del anuncio hicieron que, por alusión a él, empezara a usarse la expresión aceptar pulpo como animal de compañía con el valor que queda arriba dicho. ¿Cuándo ocurrió esto? Según mis datos, hace ya algún tiempo, algo más de diez años. El testimonio más antiguo que he encontrado aparece en El País el 16 de enero de 2001. Es un texto acaso cercano todavía a la emisión del anuncio, que se menciona explícitamente en él. En realidad, por tanto, el proceso de fraseologización aún no se ha producido; pero se está dando el pistoletazo de salida para que se produzca:
Finalmente, desde el propio PSOE empezó a criticársele [a Jesús Valenzuela, concejal granadino del Partido Andalucista] y a reclamarse que Cultura tuviera otro responsable. Se desbordó el vaso. Y fue entonces cuando Valenzuela puso la gobernabilidad encima de la mesa: O se le respeta o se lleva el Scatérgoris, como en el anuncio. Y los demás se han echado a temblar: admiten pulpo como animal de compañía.
En la mayoría de los ejemplos posteriores —desde 2002 en adelante— no hay ya alusiones ni al juego ni al anuncio, y solo conociendo este pueden entenderse. He aquí una breve antología:
«Para salvar la negociación aceptamos pulpo como animal de compañía», ironiza el líder de UGT. (El País, 22 de junio de 2002).
Estamos ante una disyuntiva: o cambiamos todo el esquema impositivo o nos quedamos con lo que hay, es decir, «aceptamos pulpo como animal de compañía». (Miguel Sebastián, El País, 2 de septiembre de 2003).
La cobardía histórica que llevó a UCD a aceptar «pulpo como animal de compañía», o sea, que hay una España histórica y otra que no lo es, sigue viva en una clase dirigente sin escrúpulos. (Federico Jiménez Losantos, El adiós de Aznar, 2004).
Parece que tener a Mariano como líder les parece que es aceptar pulpo como animal de compañía. (Antonio Martínez, El País, 22 de febrero de 2004).
Vale, en beneficio de la rapidez, y aunque habría matices que matizar, valga la redundancia, se «acepta pulpo como animal de compañía». (Luis Ramírez de Arellano, Historias sin perdices, 2007).
Los lujos de Touriño son Top Secret. Por seguridad, compréndanlo, y acepten de nuevo al pulpo como animal de compañía, que ya están acostumbrados. (Edurne Uriarte, Abc, 7 de febrero de 2009).
Hay quien argumenta que ante la imposibilidad de pagar por la música (por la tardanza de las discográficas a [sic] reaccionar a los cambios) los consumidores de música se vieron obligados a piratear. Vale (en realidad no vale, pero aceptemos pulpo como animal de compañía). (Miguel Aguilar, Letras libres, octubre de 2009).
Llanos ha mostrado su preocupación por los nueve incidentes registrados en 2012 y ha pedido «seguir llamando a las cosas por su nombre» y mantener la máxima firmeza policial. «Aceptamos pulpo como animal de compañía, pero ponga usted el pulpo a disposición de la Justicia», le ha emplazado la nueva portavoz del PP en materia de Interior. (El Mundo, 16 de marzo de 2012).
El recuerdo del anuncio se ha mantenido vivo mucho tiempo, pues en un texto que es ya de 2007 leemos una comparación de cierto personaje con «ese tipo que amenaza con llevarse el Scatergoris si no le aceptan pulpo como animal de compañía» (Carmelo Encinas, El País, 15 de diciembre de 2007). Y más recientemente hay quien al emplear el modismo no deja de dar pistas al lector:
No aceptan pulpo como animal de compañía, y eso que el señor que se cree dueño de este juego dice que o aceptan o se lleva su juguete. El pequeño detalle es que con lo que juega ese señor es con la democracia, y esta no es un juguete y además es de todos. (Mónica Oltra, El País, 17 de julio de 2011).
O hay, en fin, quien ensaya su propia definición, aunque sin hacer referencia a los orígenes del dicho:
«Aceptar pulpo como animal de compañía» designa ese estado de resignación o condescendencia en el que el sentido común dimite de sus facultades y se rinde ante lo que a todas luces parece inverosímil. (Juan Manuel de Prada, Abc, 13 de diciembre de 2010).
Aunque nos hayamos visto en la tesitura un tanto embarazosa de explicar con pelos y señales un spot televisivo, lo que hemos hecho en esta nota no deja de ser etimología fraseológica, y también —¿quién podrá negarlo?— una minúscula, diminuta contribución a la historia de la lengua en el último decenio. Esperemos que gracias a ella los filólogos del futuro lo tengan más fácil que nosotros con noche toledana. Pues, a menudo, dar por buenas algunas de las explicaciones que brinda el benemérito Iribarren viene a ser algo así como aceptar pulpo como animal de compañía.