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Viernes, 1 de febrero de 2013

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Cine pop en España (5). Días de viejo color (Pedro Olea, 1968)

Por Luis E. Parés

Tres estudiantes (Luis, Juan y Miguel) se dirigen a Torremolinos para pasar las vacaciones de Semana Santa. Por otro lado, dos chicas (Marta y Beatriz) parten rumbo al mismo sitio con idéntico fin: pasárselo en grande. Una vez en Torremolinos, Luis y Marta comienzan una historia de amor. Miguel entabla amistad con Mister Marshall, un dudoso traficante de drogas norteamericano que intenta atraerle en sus negocios, y Juan conoce a Katy, una madura extranjera que decide dar una fiesta en la que se reúnen todos.

Días de viejo color no es una película pop, ni pretende serlo. Pero sin el cine pop y todos los cambios sociales de los que el cine pop se hacía eco, esta película jamás se habría podido hacer. Días de viejo color forma parte de esa corriente costumbrista, que narra la vida de una juventud nostálgica, soñadora, realista, triste. Todo ello con ademanes narrativos heredados de lo que se llamó «nuevo cine español», que intentaban barnizar cada plano de un cierto existencialismo que sublimase el naturalismo: largas caminatas, primeros planos, nocturnidad…

De esta forma, la película narra con total normalidad, con esa absoluta naturalidad, anécdotas sobre LSD, sobre tráfico de hachís… O habla de la sexualidad latente de la juventud (una juventud preparada que lee la revista Triunfo en la playa). Pero los nuevos hábitos de la juventud de los sesenta —esa juventud deseosa de que lleguen las doce de la noche del Sábado Santo para que se abran las discotecas y se pueda entrar a bailar «un sonido maravilloso», como dice uno de los secundarios— no es el tema central de la película, sino solo el telón de fondo costumbrista sobre el que se narra una historia muy convencional: chico conoce a chica, se enamoran perdida y dulcemente y hacen planes de futuro para cuando vuelvan a la ciudad.

Por eso, las escenas sobre el pop, la escena de la discoteca y la de la fiesta, son abordadas como si de frikis se tratase, como un mundo irreal habitado por locos, que además, en muchos casos, son ricos o sueñan con serlo, lo que les dota de una frivolidad estomagante. Pero todas estas escenas acaban con un personaje que se expresa en un lenguaje sensato: «Estoy de sonido maravilloso hasta las narices» dice el amigo a Luis en la discoteca, mientras que la amiga de Pilar dice de la fiesta: «Me voy. Nada en esta fiesta tiene sentido». Y por eso, por un cierto amor a las costumbres respetables, la única música que agrada a los protagonistas es la del chansonnier (interpretado por Luis Eduardo Aute).

De esta forma, aunque Días de viejo color no participa del lenguaje visual ni de la temática del cine pop, es una película sintomática para entender el cambio: para contar historias con las que la juventud se identificase, había que contarlas con aquello que esa juventud vivía y anhelaba: Torremolinos, discotecas, fiestas, playas… Y ante todo, diversión.

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