PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Un guerrero de un metro de altura, espada y escudo en ristre, ataca a o huye de alguien o algo. Caritas de apenas tres centímetros nos miran desde la pared. Unos extraños personajes monumentales señalan hacia un punto con un larguísimo dedo… Después de las anteriores entregas, ganas tenía de que llegara esta, quizá el descubrimiento grafitero más importante realizado en España, acaecido en el transcurso de las labores restauradoras del Proyecto Cultural Soria Románica en el conocido templo románico de San Miguel de San Esteban de Gormaz, en tierras del sur de Soria. Templo que, por cierto, no hay que confundir con la homónima ermita de Gormaz (que también tendrá su capitulito en esta serie), famosa por sus pinturas murales románicas, pues Gormaz y San Esteban de ídem son dos pueblos distintos y distantes más de veinte kilómetros entre sí.
Pero las representaciones figurativas no son lo más importante de este descubrimiento realizado en 2009. Unas catas un tanto aleatorias que se habían hecho unos años antes dejaron al descubierto una datación en un revoco de la parte baja de la nave, marcadamente incisa: era mcci, lo que, traducido de la era hispánica a nuestra cronología, ofrecía el año de 1163 como fecha en que se dejó huella, por el motivo que fuere. La antigüedad de tal revestimiento decidió el deseo de recuperarlo. Para ello, se andamió todo el templo, y se dio principio a una tarea de varios meses de trabajo minucioso, paciente, de orfebre, bisturí de por medio, eliminando hasta cinco capas estériles de enlucidos, para llegar al primero con que la iglesia se revistió, finísimo, blanquecino, de gran calidad. La sorpresa fue cuando, a unos cuatro metros de altura sobre el suelo, comenzaron a aparecer cientos de grafitos, de todo tipo: más dataciones de los siglos xii y xiii, inscripciones funerarias en latín de desconocidos muertos, los extraños personajes aludidos, múltiples peines de contabilidad, letras góticas escritas con carbón que perduraban todavía, pequeños rastros de humo, huellas digitales de los dedos de los albañiles que alisaron el revoco con sus propias manos, estrellas, animales… El resultado, realizados los calcos y dispuestos sobre el levantamiento ortofotográfico de los muros interiores de la iglesia de San Miguel de San Esteban de Gormaz, era realmente espectacular. Los cientos de grafitos románicos aparecieron desafiando explicaciones. ¿Por qué a cuatro metros sobre el nivel del suelo? Además, marcaban una pequeña escalera y descubrían una portadita, a unos dos metros del suelo, por la que se accedía a tal estructura desde el exterior de la nave.
La explicación, de puro sencilla, costaba enunciarla. El templo debió de tener una plataforma estable, que se hubo de mantener, a juzgar por las dataciones y la paleografía de las incisiones textuales y otras huellas descubiertas, al menos cuatro siglos. Dicha estructura, que en términos artísticos se denomina tribuna, se hubo de disponer perimetralmente a lo largo de toda la nave, pues no había lienzo virgen de incisiones en los cuatro puntos cardinales. El principal problema es que no se conocía ningún precedente románico de iglesia con tribuna perimetral. A lo sumo, con una a los pies, a modo de coro, siguiendo la tradición de ciertas iglesias prerrománicas asturianas. San Miguel se debió erigir hacia el año 1070. Una década más tarde, su conocida galería porticada. En 1163 ya estaba revocada, confirman los grafitos.
La constelación grafitera nos ofrece una interpretación estructural del templo que reta a las teorías tradicionales, explica su esbeltez, ofrece datos, regala iconografía, revela técnicas de albañilería, marca una secuencia de fechas… Un libro abierto, vaya, al que se ha accedido pasando la página de los revestimientos posteriores, que no disponían de información, hasta llegar al primitivo. Como si fuera tinta de limón a la que se retroproyecta una fuente de luz, apareció la información en forma de grafitos. Las marcas de humo en el muro indican que otros, que sabían escribir y leer en latín, acercaron también luces (alimentadas por cera o aceite) para inscribir o para leer hace muchos siglos. Para personas curiosas que quieran más, los propios restauradores muestran un amplio resumen gráfico de lo descubierto. Y, como esto engancha, prometemos nuevas entregas, de otros lugares. La próxima, con un acertijo grafiteado procedente de Cataluña, para amantes de la filología y de las singularidades históricas.