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Lunes, 28 de febrero de 2011

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Cine y televisión

Los «surcos» del cine neorrealista español

Por Inmaculada Álvarez Suárez

Recuerdo especialmente del pasado verano una exposición sobre el cine de Federico Fellini, maestro del neorrealismo italiano, en la que podíamos recordar algunos de sus momentos fílmicos míticos como el baño de Anita Ekberg en la noche romana, o la mirada siempre inquietante de Giulietta Masina. Aquí a España llegaron esos ecos del buen cine neorrealista, que consiguió abrirse paso entre una audiencia acostumbrada a películas folclóricas, comedias románticas, dramas sentimentales almibarados o musicales con estrella infantil; todo ello siempre tamizado por el filtro de la censura que, por aquellos años cuarenta y cincuenta, se imponía en todas las producciones que se estrenaban en el país. Pero, junto a este cine comercial destinado al simple entretenimiento, algunos realizadores españoles recibieron la influencia de directores del realismo italiano como Luchino Visconti, Roberto Rossellini, Giuseppe de Santis, Vittorio de Sica, o el mencionado Fellini.

En líneas generales, el cine neorrealista buscaba conectar con la cotidianidad de la audiencia en un deseo de denunciar la angustia existencial diaria, cotidiana, con sus miserias y sus alegrías. Se huía así de los principios del cine comercial del momento, con sus tramas simples llenas de artificiosidad y ficción. Incluso sus formas estéticas, con una fotografía en blanco y negro, transmitían al espectador esa realidad gris de los personajes anónimos protagonistas del neorrealismo, unos personajes cercanos para la audiencia, aunque esta prefiriera a menudo el entretenimiento de las películas comerciales que favorecían la evasión de una realidad cotidiana no tan colorista.

Ya en la primera promoción del IIEC (Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas), creado en 1947, había directores influidos por el neorrealismo italiano como los célebres José Antonio Nieves Conde, Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga. Esta generación fue denominada «cine de la disidencia» tanto por su deseo de renovación del cine español como por la reivindicación de un aperturismo ideológico con respecto al régimen. No pretendían una imitación del estilo neorrealista italiano, pues eran conscientes de que las circunstancias no eran las mismas, sino que buscaban realizar un cine más cercano a la realidad española en un intento de superar una cinematografía excesivamente comercial. Entre los principales directores del neorrealismo español destacan José Antonio Nieves Conde (Surcos, 1951; El inquilino, 1957), Juan Antonio Bardem (Muerte de un ciclista, 1955; Calle Mayor, 1956), Luis García Berlanga (Bienvenido Mister Marshall, 1952; Plácido, 1961; El verdugo, 1963) y el italiano Marco Ferreri, que dirigió tres esenciales filmes del neorrealismo español: El pisito (1958), El cochecito (1960) y Los chicos (1959).

Un momento destacable en el impulso del neorrealismo español es la celebración, en 1955, de las llamadas Conversaciones Cinematográficas en Salamanca. Ese mismo año el Festival de Cannes había concedido el premio de la crítica a la película de Bardem Muerte de un ciclista, con lo que mostraba el apoyo internacional al cine neorrealista español. En estas Conversaciones sobre la industria cinematográfica en España, presididas por el director Basilio Martín Patino, los participantes, en su mayoría integrantes del «cine de la disidencia», editaron un manifiesto en el que reclamaban un cine nacional que reflejara la sociedad española en la que estaba inmerso. En su declaración final se señalaba que «el cine español debe ser expresión y reflejo de los hombres y las tierras de nuestra patria», como alternativa al cine comercial centrado en el folclorismo y el sentimentalismo.

El rígido sistema de censura en esos años impidió un mayor desarrollo del cine neorrealista que, además de un retrato de la realidad, buscaba transmitir un mensaje crítico mediante el reflejo del drama diario de la sociedad española. Los personajes se debatían en sus conflictos de supervivencia y, a menudo, esperaban un milagro que transformara sus vidas, pero, finalmente, era la desesperanza lo que dominaba su existencia, controlada por un subyugante poder institucional y moral. Estas serían las premisas básicas de los filmes del neorrealismo español, que han dejado sus «surcos», su innegable influencia, en el llamado cine social actual de realizadores como Fernando León de Aranoa o Icíar Bollaín, entre otros.

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