LENGUA
Por Pedro Álvarez de Miranda
Resumamos lo expuesto en la anterior entrega: cierto verso de una comedia supuestamente lopesca, El prodigioso príncipe transilvano, que debía decir «porque está gafo, tal es», decía en la edición de Cotarelo (1916) «porque es estugafotulés», debido a palmaria deturpación del manuscrito seguido y no en este caso a descuido en la transcripción —bien que sí hubo infidelidad en la adición de una forma verbal es que la sintaxis parecía requerir—. Aunque en una extensa lista de enmiendas del tomo en que se incluía la comedia —el primero de las Obras de Lope en la edición de la Academia llamada «Nueva»— se dejaba ya constancia de la lectura correcta —conocida seguramente por otra versión impresa de la pieza—, la reseña de Justo Gómez Ocerín se fijó, ignorando la autocorrección, en aquel disparatado verso, y lo citó junto a un extenso catálogo de malas lecturas. Pero al hacerlo el propio reseñador copió mal la monstruosa palabra: «estugofotulés» en lugar de «estugafotulés».
Como sea, el dislate era tan espectacular y divertido que trajo cola. Se encargaron de airearlo dos estudiosos vinculados al Centro de Estudios Históricos, Américo Castro y Alfonso Reyes, y llegó a alcanzar cierta celebridad entre filólogos, de la que vamos a dejar constancia. Pero destacaremos ya aquí los dos hechos fundamentales de esta historia. Uno es que la celebridad la alcanzó la forma por ahora (más) ‘equivocada’ —todas lo están algo en esta historia—, o sea, estugofotulés, no la que lo estaba un poco menos y se estampó en la edición de Cotarelo, estugafotulés (esta ya no nos la volveremos a encontrar). El otro, que, como casi nadie está libre de pecado, y menos cuando se manejan secuencias tan peregrinas, y cuando sobre material sensible como este —carne de errata— han de operar los cajistas de imprenta, el ya de suyo errado estugofotulés dará lugar andando el tiempo a todo un rosario de otras formas, la mayoría cada vez más distanciadas del originario «está gafo, tal es». Los disparates, al pasar de mano en mano, entran, como las bolas de nieve, en caída libre.
Don Américo Castro se hizo eco del asunto en dos ocasiones. Primero en «La crítica filológica de los textos», artículo publicado en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza (1917) y recogido después en el precioso librito Lengua, enseñanza y literatura (1924). En una extensa nota dedicada a las ediciones académicas de Lope afirma que podrían citarse centenares de errores para cada tomo, especialmente para aquellos en que «el señor Cotarelo es quien corre con ese trabajo (llamémosle así) que llena de oprobio a la Academia, ya que ella se hace responsable de la publicación». Llegado a este punto, era lógico utilizar en refuerzo de su exposición la reseña de don Justo, de la que cita, en concreto, el pasaje relativo a nuestro palabrón; trasladado, desde luego, en su variante oceriniana, estugofotulés.
Mucho más cargó las tintas en otro artículo, «Sobre nuestro teatro clásico», publicado esta vez en El Sol (29 y 30 de marzo y 18 de abril de 1923) y ampliamente difundido, pues lo reprodujeron ese mismo año Nosotros, de Buenos Aires, y la Revista Chilena de Santiago. Castro se indigna ante la contradictoria y rancia España que por un lado ensalza hasta las nubes el teatro áureo y por otro lo edita con la mayor incuria y sin entenderlo en absoluto:
Un ejemplo de tal actitud frente al drama nacional, detritus de la vacuidad científica del xix, nos lo brinda la edición magna de todas las obras de Lope de Vega, emprendida por la Academia Española y confiada a su perpetuo secretario, el Sr. Cotarelo. De una parte, Lope es un astro, el ave fénix, etc., etc.; pero el señor Cotarelo hace copiar a sus escribas docenas de comedias del «monstruo de la Naturaleza» y las publica sin la menor idea de lo que significan aquellas líneas cortas. Alguna de esas comedias, cotejada, ha dado varios centenares de erratas. Donde Lope dice: «porque está gafo, tal es» (que significa ‘está, en efecto, leproso’), nuestro perpetuo secretario hace imprimir «porque es estugofotulés», creando —eso sí— un espléndido vocablo que la Academia debe llevar al Diccionario, bajo la autoridad del Sr. Cotarelo, con esta definición: «Estugofotulés. (Del mismo origen que el provenzal esturlenc.) Adj. Dícese del académico que estugofotulea las comedias de Lope. Ú. t. c. s.».
También Alfonso Reyes se refirió, en «Sobre la crítica de los textos» (1939), incluido después en La experiencia literaria (1942), al «espléndido disparatorio que Justo Gómez Ocerín levantó sobre la edición académica de Lope», y en el que la perla era sin lugar a dudas, para deleite de Reyes y sus lectores, el «estugofotulés» de marras. De ahí tomó la anécdota Ramón Gómez de la Serna para una divagación o divertimento en torno al fenómeno —tan ramoniano— de la errata, artículo que vio la luz en la revista bonaerense Saber Vivir en 1952.
Otro antiguo colaborador del Centro de Estudios Históricos, el gran Vicente Llorens, escribe en 1970 un prólogo («El siglo xix en la historia y la literatura») para el volumen La revolución de 1868, compilado por Clara E. Lida e Iris M. Zavala. Al referirse a la fecunda labor del Centro de Estudios Históricos y a su empeño por ofrecer ediciones fidedignas del teatro clásico —no menciona Llorens, pero podría haberlo hecho, la estupenda colección de «Teatro antiguo español»—, rememora de nuevo el «hacinamiento» del Lope de la Academia, «sobre todo el continuado por Cotarelo Mori», en el que «acá y allá saltaban vocablos desconcertantes, tal el famoso “estogofotulés”». «Fue necesario —remata— que Castro corrigiera “está gafo, tal es” para que cobraran sentido las palabras de Lope». En todo lo cual hay, como se habrá notado, una errata («estogofotulés» por «estugofotulés», por más que, como sabemos, no fuera esto lo que podía leerse en la denostada edición) y un lapsus de Llorens, pues atribuye a don Américo un descubrimiento que él aireó, sí, pero se debía a Gómez Ocerín. Ahora bien, al menos en algunas bibliotecas norteamericanas hay ejemplares de este libro colectivo, La revolución de 1868, en los que se ha insertado una fe de erratas mecanoscrita que pone las dos cosas —una de ellas, para ser exactos, solo relativamente— en su sitio:
Como es natural, Llorens incorporó esas dos correcciones, y hasta una mínima apostilla alusiva a Schaeffer, cuando incluyó ese texto en su libro Aspectos sociales de la literatura española (1974).
Por mera casualidad, el mismo lapsus o errata se produjo cuando en la estupenda lección inaugural del I Congreso de Historia de la Lengua Española (Cáceres, 1987), titulada «Esplendor y miseria de la filología», el profesor Kurt Baldinger trajo una vez más a colación —entre las miserias, desde luego— el gazapo —no propiamente tal, y no tan culposo como todos creían— del pobre don Emilio Cotarelo. No sé lo que Baldinger leyó en público. Lo que en las actas quedó impreso fue «estogofotulés», y de ellas pasó a la gran compilación de trabajos del autor Die Faszination der Sprachwissenschaft (1990); inalterado, pues en este volumen se reproducen anastáticamente las impresiones originales.
Baldinger reconoció que el dato se lo había comunicado su amigo Manuel Alvar (con detalles en que uno u otro erraron, pues el profesor de Heidelberg remite al tomo VI, y no al I, de las Obras de Lope). El caso es que el propio Alvar echó mano del célebre disparate cuando comentó en uno de sus artículos de Blanco y Negro («La fascinación de la lingüística», 18 de julio de 1993; recogido sin cambios en Leer para el recuerdo, 1998) precisamente el libro de Baldinger al que acabamos de referirnos; pero al hacerlo escribe, o le hacen escribir, otra variante caprichosa, «estagafotulés», que al menos —bien que de pura chiripa— devuelve a Lope, o a quien fuera el autor de la comedia El prodigioso príncipe transilvano, dos de las aes originarias.
En fin, Alvar volvería sobre el caso en un trabajo de 1994, publicado en la revista Voz y Letra. Quedaban aún posibilidades de que el baile de vocales llevara a disparatar un poco más, así que una de ellas se materializó: «estogofutules» (sin tilde) es lo que ahí se lee. Y lo que se reprodujo cuando el trabajo, junto con otros del autor, fue incluido, también él, en volumen (Colectánea lexicográfica, 2001).
Me he referido arriba a un artículo bonaerense de Gómez de la Serna al que llegó indemne el ya dañado en origen «estugofotulés» de Ocerín-Reyes (que no de Cotarelo). Pues bien, finalmente ha sucumbido en un reciente volumen recopilatorio de los textos que Ramón publicó en la mencionada revista. Ahí, por vez primera, nuestra extrañísima ‘palabra’ pierde por síncopa una sílaba y se queda en un menguado «estugofutés» (La penosa manía de escribir. Ramón Gómez de la Serna en la revista Saber Vivir, 1940-1956, 2009).
Fin de trayecto (por ahora…), que aquí recapitulo: «está gafo, tal es», *estagafotales, estugafotulés, estugofotulés, estogofotulés, estagafotulés, estogofutules, estugofutés.
Supongo que habrá —también— sucumbido a los sofisticados juegos de hoy día aquel sencillo entretenimiento en que unos niños dispuestos en corro se transmitían sucesivamente al oído una ‘misma’ frase, con resultado final, que el último revelaba, tanto más jocoso cuanto más irreconocible. «El teléfono escacharrado», se llamaba. La transmisión filólogica, con sus ruidos (lapsus, erratas, tuntún), en ocasiones se le parece. Y las consecuencias pueden ser descacharrantes. Dicho sea sin desdoro de los personajes que han desfilado por esta historieta, algunos de ellos filólogos o escritores verdaderamente admirables.