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Martes, 15 de febrero de 2011

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ARTE / Claroscuro

Brujería

Por Laura Rodríguez Peinado

Situado en el comedor de la planta baja de la Quinta del Sordo, este cuadro representa una escena de brujería, tema recurrente en la obra del pintor aragonés; seguidor de las teorías ilustradas de la época, consideraba estas creencias un signo de la ignorancia del pueblo y de la irracionalidad de la sociedad española, cuyos gobernantes se aferraban a sus privilegios, sin preocuparse de liberar a la población de dicha incultura y de la manipulación que sufría por parte de las clases privilegiadas.

La escena está presidida por un macho cabrío, ataviado con hábito de fraile, que dirige una ceremonia en la que los adeptos, de rostros grotescos y distorsionados, participan en el rito de iniciación de una joven que, sentada en una silla, se distingue del grupo por su indumentaria (una mantilla que le cubre el cabello y un bello manguito listado que le oculta las manos). Su porte distinguido, sereno y un tanto distante contrasta con la expresividad del resto de los participantes que comulgan en el éxtasis del sabbat y aportan gran fuerza a una composición dominada por los tonos negros, blancos, ocres y pardos.

La creencia en los aquelarres, en los que las brujas y brujos se reunían a adorar a Satán en forma de macho cabrío, estuvo muy extendida en España, al igual que en el resto de Europa, donde se desencadenó una caza de brujas, mujeres sobre todo, pues eran consideradas más afines a los cultos demoniacos. Esta caza de brujas fue más cruenta en los demás países europeos que en España, donde la Inquisición estaba más ocupada en luchar contra los conversos y protestantes; según afirma Julio Caro Baroja en El señor Inquisidor y otras vidas por oficio: «En el siglo xvii los españoles… no tenían mucha fama como magos y hechiceros. Alguien sostuvo —con clara animadversión hacia el país— que el diablo no se fiaba de sus habitantes».

Según estas creencias, las brujas acudían a reuniones nocturnas en las que se celebraban ritos que eran una inversión de los oficios cristianos; estas reuniones tenían lugar en zonas apartadas y boscosas donde se llevaba a cabo el pacto con el diablo, el cual hacía cometer todo tipo de tropelías a estos seres (raptos y sacrificios de niños, antropofagia…).

Goya refleja en esta pintura su visión de una España conservadora y retrógrada, atenazada por la superstición de la que participan todas las clases sociales; entre esos seres extáticos y grotescos, donde capta el comportamiento grupal, la neófita que destaca por su aislamiento parece pertenecer a una clase social elevada: aun contando con medios para salir de la superstición, se sumerge en ella, porque en esa sociedad sin libertad, el ocultismo y la ignorancia se hacen omnipresentes y no discriminan a las clases sociales más acomodadas, que viven aferradas a unos privilegios que no quieren perder.

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