LENGUA
Por Pedro Álvarez de Miranda
En 1916 la Academia publicó el primer tomo de una segunda serie de Obras (dramáticas) de Lope de Vega que se encomendó a don Emilio Cotarelo, serie o colección que, para distinguirla de la anterior, la que había corrido a cargo de don Marcelino Menéndez Pelayo, se conoce entre los lopistas como «Nueva». Ambas colecciones están filológicamente un tanto desacreditadas, y más, por cierto, la segunda que la primera, pero ocurre que para algunas comedias del Fénix (y hasta para algunas que no lo son) sigue hoy sin haber más edición relativamente disponible que la contenida en uno de sus tomos, y por ellos se las sigue citando, con mayor o menor grado de (des)confianza. Menos mal que, para remedio de esta situación, están hoy venturosamente en marcha, y rindiendo excelentes frutos, los trabajos del grupo Prolope de la Universidad Autónoma de Barcelona, que dirigen Alberto Blecua y Guillermo Serés.
Aparecido aquel tomo inicial, un erudito y diplomático hoy muy olvidado, don Justo Gómez Ocerín, publicó una larga y demoledora reseña de él en la Revista de Filología Española. Cotarelo había editado en esa primera entrega de su lote veintiuna comedias procedentes de manuscritos: dieciséis de ellos custodiados en la Real Biblioteca y cinco más de la Biblioteca Nacional. En estos últimos cinco fundamentó Gómez Ocerín su reseña. Cotejó sus textos con los ofrecidos por Cotarelo y halló… más de 900 «falsas lecturas y errores de todo género», de los que ofrece una nutrida muestra a lo largo de siete abrumadoras páginas.
Pues bien, una de las disparatadas lecturas de la edición «Nueva» iba a hacerse relativamente famosa tras esa reseña. Cierto verso de la comedia El prodigioso príncipe transilvano se ha leído, nos dice Ocerín, «porque es estugofotulés». El comentarista no tiene delante el manuscrito (tal comedia no es una de las cinco de la Nacional, sino una de las dieciséis de Palacio), pero sí la edición que de la misma pieza había publicado en 1887 Adolf Schaeffer, a partir de una rarísima colectánea impresa de comedias de diferentes autores, volumen en el que figura como de Luis Vélez de Guevara y lleva por título El capitán prodigioso, Príncipe de Transilvania. Hoy no se la tiene por de Lope, tampoco está nada claro que sea de Vélez, y para nuestro propósito tanto da que el autor fuera uno, otro o un tercero. El caso es que aquel verso ininteligible quedaba perfectamente claro en la edición del filólogo alemán; pues, en compañía de los dos anteriores y el siguiente, decía así: «Y este Capitán que dije / no tiene manos ni pies, / porque está gafo, tal es / el Capitán que nos rige». De modo que «está gafo [= ‘leproso’], tal es» se habría convertido, en la edición académica, y según Gómez Ocerín, en aquel monstruoso «estugofotulés».
Enseguida se verá por qué he usado alguna cursiva y un verbo en condicional. No voy a salir, desde luego, en defensa del por lo demás indudablemente laborioso, y hasta por varios conceptos benemérito, don Emilio Cotarelo y Mori. La reseña de Gómez Ocerín es inapelable: ahí está la catarata de errores detectados en el cotejo entre manuscritos y edición. Pero al apurar los detalles del otro espectacular reproche, precisamente el que iba a alcanzar celebridad, se comprueba que en ese punto concreto don Justo no hizo mucho honor a su nombre.
Por lo pronto, él mismo cometió un desliz, pues el verso, en la edición de marras, no lee «porque es estugofotulés», sino «porque es estugafotulés». Se dirá que no cambia mucho la cosa, y es verdad. Pero, aparte de que cuando se dan al prójimo (justificadamente) lecciones de pulcritud transcriptora no debe uno permitirse borrones en la propia, nótese que, al menos, el segmento -gafo- del engendro tiene la a genuina del adjetivo «gafo» original, y no la primera -o- que Ocerín incorporó por descuido al palabro sobre el que, como veremos, se harán regocijadas chanzas: estugofotulés. Lo que Cotarelo, o sus escribas, pusieron es —insistamos en ello— «estugafotulés». Y ahí ya solo (¡!) hay dos úes que deberían ser aes, amén de la increíble aglutinación gráfica: esta-gafo-tal-es > estugafotulés —más, para rematar la faena, un verbo es que alguien se sacó de la manga y añadió delante (haciendo de paso hipermétrico el verso), pues algún verbo había de tener la oración, y el que en realidad tenía, está, había sido abducido por la dicha aglutinación—. En resumidas cuentas: que, para magro consuelo de don Emilio, el texto del verso que editó estaba, respecto del verdadero, si no mucho más cerca, sí algo menos lejos de lo que su inclemente crítico decía que estaba.
Pero hay más, bastante más, y muy en descargo de Cotarelo: hay un par de detalles nada baladíes que Gómez Ocerín ocultó. Uno es que en el verso en cuestión se puso, tras «estugafotulés», esta nota al pie: «Así en el texto original». Sabemos, porque el propio Cotarelo lo revela, que hubo un sujeto «encargado por la Academia de copiar tan malos originales» (se refiere, claro es, a la escasa calidad de aquellos manuscritos de las Bibliotecas Real y Nacional, a los que achaca ser ya de suyo copias defectuosas y, en consecuencia, más o menos alejadas de los en principio ideales autógrafos originarios; generalización seguramente excesiva para las veintiuna comedias del tomo, pero no incompatible con la admisión, para alguna, de la atenuante invocada). Luego hubo otro individuo, «persona competente» se nos dice, que hizo un cotejo ya sobre pruebas impresas. Como se sabe, la utilización de copistas y auxiliares era práctica habitual tanto en los tiempos (y ámbitos) de don Marcelino como en los de Cotarelo. En cualquier caso, la referida nota al pie indica que en este caso alguien (el copista, el revisor o acaso el mismo don Emilio) al menos se extrañó —y es que no era para menos— ante semejante endriago textual; que esa extrañeza le llevó a corroborar mediante un cotejo que en el manuscrito efectivamente ponía eso (recuérdese la nota: «Así en el texto original»); y que, lavándose las manos, decidió dejarlo tal cual. La nota tiene, pues, valor parecido al de un sic. Desde luego, Cotarelo podría haber ido, para salir de dudas, a la edición de Shaeffer (en realidad debería haberla tenido presente para toda la pieza, y hasta haberla adoptado sin más, descartando el manuscrito), que ya existía (es de 1887, como hemos dicho), que desde luego conocía (la menciona en el prólogo) y que, no se olvide, partía de un impreso, en el que el editor germano habría leído, a buen seguro que sin mayores dificultades, «esta gafo tal es» (prescindiendo ahora de acentos y puntuación). No lo hizo (o, para ser más exactos, mas sin desvelar acontecimientos: no lo hizo en primera instancia). Y es que, como con mucha razón y no poca ironía escribió el colaborador de la Revista de Filología Española, «el sistema seguido por el Sr. C. es el más sencillo de todos, y consiste en la perfecta indiferencia hacia todo problema». De acuerdo, pero téngase en cuenta que Gómez Ocerín (que no debería haber hecho caso omiso de la referida nota) conocía la lectura correcta por la edición de Leipzig, no por un cotejo del manuscrito. Este no lo había visto, lo que al menos debería haberle llevado a admitir como posible que el editor o sus ayudantes sí estuvieran esta vez transcribiendo con fidelidad un pasaje gravemente estragado, pues que aseguraban haber puesto en él particular atención. No he podido resistir la tentación de ir a Palacio a verlo. Y lo que me he encontrado invita a volver —un poco…— por los fueros de don Emilio. Pues, se mire como se mire, ahí pone ni más ni menos lo que se transcribió: «estugafotulés», con dos úes claras (más la segunda que la primera, en todo caso ambas bien diferenciables de la a), y todo de un tirón.
El segundo es más que un detalle: las tres páginas y media finales del tomo I de las Obras de Lope en la «Nueva» edición de la Academia contienen un catálogo de «Erratas, adiciones y enmiendas» precedidas de unas consideraciones en las que se diría que nuestro académico trata de adelantarse, pidiendo árnica, al chaparrón que adivina. Cierto que esa extensa corrigenda no palió el desaguisado general. Pero no lo es menos que, para el caso que nos ocupa, en el lugar correspondiente cabe leer esto: «Pág. 413, col. 2, lín. antepenúltima: es estugafotulés. Deberá leerse: “está gafo, tal es”». Evidentemente, alguien (es de suponer que esta vez sería el mismo Cotarelo) había ido por fin a ver la edición Schaeffer, a tiempo para introducir esa corrección in extremis. Mas de nada sirvió con Gómez Ocerín, quien, aun cargado de razones para la dureza de conjunto, no jugó esta vez muy limpio; pues cuando un libro tiene fe de erratas todo lo que en ella se corrige debe ya darse por no estampado… para, eso sí, seguir luego cebándose, si procede, en todo lo que venga tras cada «léase» o «debe decir». Es ni más ni menos lo que hizo nuestro reseñador, quien más de una vez corrige lo (pretendidamente) corregido en la extensa relación de «erratas, adiciones y enmiendas». No es, pues, que no hubiera reparado en su presencia. Y así, se hace difícilmente comprensible —tampoco, para decirlo todo, muy disculpable— que Ocerín no viera ahí mismo que el malhadado verso de la página 413 había sido, esta vez sí, él por lo menos sí, acertadamente restituido a su prístino y meridiano tenor.