LENGUA
Por Pedro Álvarez de Miranda
De entre los cambios semánticos que ha conocido la palabra café el más relevante es el metonímico que condujo de la designación de una bebida a la del local donde se despacha y consume. Un local, un espacio público, cuya importancia como escenario de la sociabilidad en general y de la literaria y artística en particular, durante los tres últimos siglos, no necesita ser encarecida. Remito tan solo al precioso discurso que consagró al tema Antonio Bonet Correa con motivo de su ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en 1987.
El desplazamiento semántico, antes que en español, se produjo en francés y en italiano, y hay en este caso algún indicio que apunta a la segunda de estas dos lenguas como inductora del nuestro. Seis años después de la fecha en que el diccionario de Cortelazzo y Zolli sitúa en italiano el nuevo significado (1730, Goldoni) un autor español anónimo compone en la Corte papal una obrita satírica que titula El passeo de Roma, concluido en Nápoles (1736), y habla ya en ella de «uno de los cafés donde con especialidad concurren los españoles». Pero en España todavía no han surgido por esas fechas tales establecimientos, y Cristóbal del Hoyo, a la altura de 1745, lo lamenta: «¿Hay por ventura [en Madrid] aquellos nobles cafés que en las otras Cortes hay?». Feijoo menciona en 1740 «una Taberna de Caffé de la Ciudad de París», y esa misma perífrasis parecería mostrar que el nuevo significado de café aún no le es conocido.
Tampoco aparece —pues lo que encontramos de nuevo, todavía, es también una perífrasis— en este histórico anuncio, interesantísimo, que puede leerse el jueves 28 de junio de 1759 en el Diario noticioso universal de Madrid: «Se da noticia al Público como se ha abierto una Casa de Café por la Real Hacienda, sita en la calle del Factor, más abaxo de la casa del Señor Marqués de Villa-García, para la Nobleza, al uso de Italia, donde se vende Café, Té, Chocolate, Bebidas eladas y Vizcochos de diversas calidades; como también en dicha Casa de Café se leen, en distintos días, diversas Gacetas, como son la de Italia y Olanda, y las Noticias de todos los puertos de Mar de España». Pero en el mismo periódico, un año más tarde (3 de septiembre de 1760), se menciona ya «el Café de la calle de las Carretas». Y el autor de El duende especulativo sobre la vida civil (1761) saludará los nuevos establecimientos con alborozo, asegurando que, frente a las tabernas, «darán presto nuevo realce al carácter y a las prendas de nuestra Nación»; es claro que desde el primer momento en los cafés no se sirve únicamente café, sino también otras cosas, y en concreto «licores y confecciones que, aunque fabricadas en Madrid, traen sobrescrito de Nápoles, Roma, Génova, etc.», según el mismo periodista.
La familia léxica de café crece a la par. Ya Autoridades recogió cafetera, «la vasija de metal o barro en que se hace el café a la lumbre». Esta vez la novedad era tan cercana que a los académicos les resultó imposible aducir un texto (lo que, nótese bien, no fue óbice para la inclusión del vocablo, decisión que, una vez más, debe aplaudirse). La palabra, en efecto, ya existía, y así nos lo corrobora la tercera edición (1725) de la Palestra pharmacéutica de Félix Palacios: «se toma como una onza de estos polvos [café molido] y se pone dentro de una Cafetera o en un vaso de tierra vidriado...», pasaje que no figura en las dos ediciones anteriores (1706 y 1716) de la misma obra.
En Barcelona también había cafés a comienzos de la década de 1760, y en un periódico de entonces, el Caxón de Sastre Cathalán (1761-1762), nos encontramos cafetero ‘encargado de un café’: «mandó al Cafetero que embiasse el refresco»; en la misma ciudad se sitúa la acción de una «comedia en un acto» de Cruz —mero sainete, en realidad—, El café de Barcelona (1788), pero esta vez atiende a los parroquianos una «cafetera», que además canta.
Existiendo cafetero y cafetera no es raro que se ensayara cafetería como alternativa a café (cierto alguacil madrileño, leemos en el Diario del 4 de marzo de 1766, vive «en la calle de la Cruz, frente de la Cafetería»), pero esa denominación no se generaliza, al menos en España, hasta el siglo xx (en México y en Cuba tuvo cierto uso en el xix, dando lugar a un hispanismo del inglés norteamericano, cafeteria); el diccionario de la Academia no la acoge hasta la decimoctava edición, en 1956. En la duodécima (1884), por cierto, había dado entrada al despectivo cafetín, documentable desde 1839.
Todos los derivados, como se ve, presentan una misma –t–, para la que se han dado varias explicaciones: mero mecanismo antihiático, analogía con los derivados de chocolate (chocolatera, etc.), influjo francés; es, en cualquier caso, muy temprana, pues ya en las disertaciones monográficas de Tariol (1692) y de Fernández Matienzo (1693) encontramos, respectivamente, «leche caphetada» y «leche capheteada» como denominaciones del café con leche.
En cuanto a cafetal y cafeto, parecen surgir en Cuba a finales del xviii, y seguramente en ese orden: cafetal a partir de café, y cafeto como regresión desde cafetal. La secuencia cronológica en que cabe documentarlos así lo confirmaría, pues cafetal puede datarse un poco antes que el nombre de la planta: el Correo Mercantil de España y sus Indias, en sendas noticias fechadas en La Habana, informa el 21 de octubre de 1793 de que han perecido «muchos cafetales recién plantados», y el 2 de junio de 1796 de la convocatoria de un premio de la Real Sociedad Patriótica de la capital de aquella isla para «la mejor memoria sobre el cultivo del café, en que el principal objeto sea demostrar con pruebas evidentes quánto es lo que líquidamente produce una determinada porción de tierra sembrada de cafetos».
La productividad que aquí nos ha ocupado no ha sido agraria, ha sido léxica. Mas no otro que el mandato destinado a las realidades vivientes, el bíblico «creced y multiplicaos», se diría el que, una vez nacidos, reciben y obedecen determinados vocablos.