ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Fortuny es, tal vez, el pintor español de la segunda mitad del siglo xix que mejor supo reflejar el orientalismo en sus obras, fruto del conocimiento directo de la realidad norteafricana durante los tres meses que pasó en Tetuán a comienzos de 1860. Exotismo que se traduce en la plasmación de los tipos populares nómadas, sus costumbres, sus indumentarias, su folclore, el estudio de la brillante luz del desierto incidiendo violentamente sobre las superficies encaladas de sus viviendas… Pero su viaje a Marruecos no responde a una decisión personal motivada por cuestiones vitales o inquietudes estéticas. Fortuny acude allí como enviado oficial de la Diputación de Barcelona con un encargo preciso: dejar constancia, a través de sus pinceles, del conflicto bélico que enfrentaba a España con sus posesiones en el norte de África.
El 22 de octubre de 1859, tras largos años de escaramuzas, España declaraba finalmente la guerra a Marruecos, y se marcaba como objetivo prioritario la toma de Tetuán. El mando supremo de las tropas quedó en manos del propio presidente del Gobierno, el general Leopoldo O’Donnell; dirigió la reserva el general Prim y la caballería Alcalá Galiano. Bajo sus órdenes caerá la plaza norteafricana a comienzos de febrero de 1860, lo que obligará a las tropas magrebíes a reorganizarse cerca del desfiladero de Wad-Ras. Y es allí, el 23 de marzo, donde tiene lugar el combate más duro y sangriento de toda la campaña. Llegando, incluso, al enfrentamiento cuerpo a cuerpo, el encuentro se saldó con la victoria española y la retirada marroquí. Tres días más tarde, el 26 de dicho mes, se firmó el denominado Tratado de Wad-Ras, en el que quedaron fijadas las condiciones para la paz.
Cabe la posibilidad de que el pintor fuese testigo directo de la batalla, y tomara apuntes del natural que sirviesen como modelo para el futuro cuadro; óleo que no comenzaría hasta meses después, en Roma.
Fortuny adopta el formato apaisado, en el que la composición se organiza en planos horizontales presididos por la visión panorámica de un paisaje de perfiles rectilíneos que, en el extremo derecho, se abre dejando ver el cauce de un río. Y en el centro, en un abigarrado tumulto de hombres y caballerías, la lucha. Los combatientes están resueltos a partir de manchas cromáticas sin voluntad de individualización. Tan sólo los uniformes de unos, y las túnicas y turbantes de los otros, permiten diferenciar a los integrantes de cada bando. Pero es precisamente ese recurrir a la mancha, su factura abocetada, junto a una sabia distribución de luces y de sombras que ayudan a definir las siluetas, lo que confiere a la obra esa sensación de agilidad, de movimiento frenético, vibrante, propio del fragor de la batalla; lo que le otorga ese aire de modernidad tan necesario dentro del panorama de la pintura de su tiempo.
El óleo del Prado está trabajado sobre un soporte poco común e inestable, el papel, lo que unido a sus modestas dimensiones ha llevado a los expertos en la obra del pintor catalán a pensar que, pese a su genialidad, no se trataría de un fin en sí mismo, sino del boceto preparatorio para un lienzo de grandes proporciones destinado a la decoración del Salón de Consejos de la Diputación de la Ciudad Condal. Si fue esta su intención realmente, nunca remató el proyecto.