LITERATURA
Por Pedro Carrero Eras
En el año que hemos dejado atrás se han cumplido cien desde que Marinetti publicó su primer manifiesto futurista. Apareció el 20 de febrero de 1909 en el periódico Le Figaro de París. Supuso un hito, algo así como el punto de partida de las vanguardias históricas, que tanto eco iba a tener en otros países, incluido España.
El término futurismo lo había empleado ya el catalán Gabriel Alomar en 1904, en una conferencia impartida en el Ateneo de Barcelona, que aparecerá después publicada, lo que dará lugar al nacimiento de revistas futuristas en Cataluña y a recensiones en la prensa sobre el futurismo de Alomar. Una de esas reseñas, publicada en el Mercure de France, sin duda la leyó Marinetti. En las ideas de Alomar hay muchos aspectos que luego figurarán en el «antipasadismo» del futurismo italiano, por ejemplo la condena del saber anquilosado y estéril, de la inmovilidad del arte, de las academias y los museos, y de los gustos e ideología de la sociedad burguesa y conservadora. También defenderá la intuición, la energía creadora y la destrucción del mundo viejo: la ley del futuro —dirá— no se consigue gracias a la ley del presente, sino contra ella.
Pero sería Filippo Tommaso Marinetti y sus amigos futuristas quienes terminarían llevándose la palma de lo que se entendió entonces y, un siglo después, entendemos como futurismo, quedando de alguna forma eclipsada la figura de Alomar, identificado más con su catalanismo militante. Algo parecido sucedió en el cubismo literario, con los famosos caligramas de la era moderna, pues siempre asociamos a Apollinaire como su resucitador e impulsor, cuando en realidad, cronológicamente, fue el chileno Vicente Huidobro, el creacionista, quien empezó a escribir caligramas unos años antes.
Fuera de estas precisiones, lo cierto es que en el futurismo de Marinetti están buena parte de las premisas de lo que en las primeras décadas del siglo xx se entenderá como la nueva literatura y el arte nuevo en España: el rabioso deseo de originalidad, la superación de lo viejo, la provocación, la mezcla de distintas artes entre sí en un mismo mensaje, la destrucción de las barreras y cánones tradicionales de los géneros literarios, las palabras en libertad, el predominio de la metáfora, el desenfado y la desdramatización, el humorismo, la exaltación de la velocidad y de los inventos modernos, la irrupción en la poesía de todo ese mundo nuevo, que permite huir de los tópicos y lugares comunes posrománticos y sentimentales (esa marinettiana pedrada en el ojo de la luna y esa necesidad de desecar los canales venecianos...). Dejando a un lado las barbaridades del futurismo de Marinetti cuando exalta el belicismo o menosprecia a la mujer y ataca el sufragio universal, el estudioso de la literatura debe quedarse con aquellos presupuestos artísticos del futurismo que asumieron otras vanguardias inmediatamente posteriores.
El primero que se mostró sensible al futurismo italiano en España fue Ramón Gómez de la Serna, auténtico precursor de la vanguardia española, y de lo que años después se conocería como el ultraísmo español (obsérvese que ultraísmo es una réplica de futurismo). Pero antes, el autor de las greguerías, que ya buscaba con ellas la originalidad máxima, acusó enseguida recibo del futurismo en su revista Prometeo, publicando en abril de ese mismo 1909 —es decir, unos meses después de su aparición—, la traducción hecha por él del primer manifiesto futurista. Al año siguiente figurará en la misma revista una «Proclama futurista a los españoles», de F. T. Marinetti. El propio Ramón escribió, bajo el seudónimo de Tristán, un preliminar a esa proclama de Marinetti, en el más genuino y extravagante estilo incendiario, provocador y caótico del futurismo. Pero Ramón es, además de precursor de la vanguardia, inclasificable: él es, como le definió un contemporáneo suyo, «el de la generación unipersonal».