CULTURA Y TRADICIONES
Por Jeneze Riquer
El pasado sábado hizo un año que José Miguel Lorenzo Arribas publicó en estas mismas páginas un rinconete titulado Campanas. Tanto el interés de la cuestión como el valor de los datos reunidos en aquella ocasión nos han hecho concebir la idea de acopiar ahora alguno más como apoyo y despliegue de lo allí dicho. Nos referimos especialmente 1) a la sugerencia de que «la campana tiene [...] algo de mágico»; y 2) a la asimilación implícita de su sonido con el canto del almuédano musulmán.
1) En efecto, a los ejemplos traídos por Lorenzo Arribas en torno al manejo de fuerzas suprafísicas a través del sonido de las campanas cabe añadir la anécdota que transmite Paracelso en su De similis electri compositione a propósito de su encuentro con un mago español; por su interés, merece ser reproducida:
No puedo abstenerme de contar un milagro que vi en España, hallándome en casa de cierto nigromante. Tenía una campana que pesaría por lo menos dos libras, y con una llamada de esa campana convocaba y obtenía visiones de varios espectros y espíritus diferentes. La campana tenía grabados por dentro ciertas palabras y caracteres, y, tan pronto como se oía el sonido y tintineo, los espíritus se presentaban en la forma que él desease. Esa llamada era tan poderosa que podía convocar tantas visiones de espíritus, de humanos e incluso de rebaños como quisiera, y luego despedirlos, de lo cual vi muchos ejemplos, pero pude notar en particular que siempre que se disponía a hacer algo nuevo borraba y cambiaba los caracteres y los nombres.
(Una curiosidad prescindible nos hace no obstante preguntarnos en qué lugar de España pudo encontrar Paracelso al mago compatriota. Es notorio que nuestro país ha sido desde antiguo cuna e imán de nigromantes y brujos, y que ciudades como Salamanca o Toledo han sido consideradas en el pasado como florecientes centros del saber arcano; de ahí, en el caso de la segunda, las actividades de don Illán, «mago de Toledo», de que nos han dejado memoria los cuentos de don Juan Manuel y de don Jorge Luis; o si no aquella sentencia emitida por el monje Helinando, que allá por el siglo xiii declaraba, desde la abadía cisterciense de Froidmont, que los estudiantes de su tiempo iban «a París a estudiar las artes liberales, a Orleans la retórica, a Bolonia las leyes, a Salerno la medicina, a Toledo los diablos... y a ninguna parte las buenas constumbres»).
Mediando tiempo después en la cuestión Martinus Rolandus, médico y alquimista en la corte praguense del emperador Rodolfo II, comenta en la entrada electrum de su Lexicon alchemiae (1612) que, frente a la opinión expuesta por Paracelso acerca de residir la propiedad de esta campana más en los signos y caracteres que en el sonido o en el metal, «aun suponiendo que tales caracteres tuvieran dicha propiedad, sin duda esta se encontraba más en el metal».
2) Sin abandonar todavía el asunto de los poderes contenidos en el sonido de las campanas, añadiremos que Lorenzo Arribas acierta al intuir una vinculación esencial entre su tañido en la tradición cristiana y el canto del almuédano en el Islam. (Sabido es que el Profeta —s. a. s.— prefirió, al sonido del bronce cristiano y del cuerno judío, el de la voz humana, lo que explica, claro, que las campanas expoliadas por Almanzor en Santiago colgasen dos siglos y medio en la mezquita de Córdoba como lámparas). Y es que, aparte de la común función convocatoria señalada por el autor, es de saber que la tradición islámica también reconoce al adhan, la llamada a la salat (la oración), el poder de ahuyentar los demonios que rondan el espacio sagrado, hasta el punto de afirmar que, cuando escucha cantar al almuédano, el Shaytan huye del sitio espantado y expulsando ventosidades. (En esto se asimilan al-fayr —o llamada a la salat del amanecer— y el canto del gallo, al que, como hemos recordado en otro rinconete, también se le atribuyen cualidades exorcizantes).
Como dato adicional, a propósito de sonidos talismanes del Islam, habrá quien aprecie saber que, como recuerda Hedsel, la primera aleya del Corán, la célebre Basmallah (bísmil-lâhi r-rahmâni r-rahîmi), que inaugura y sacraliza cada acción del musulmán, sirve además, como fórmula pronunciada o como amuleto escrito, para poner coto a los diecinueve guardianes del Infierno. Siendo así: ¡Bismillah!