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Viernes, 5 de febrero de 2010

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Cine y televisión

París-Tombuctú, diez años sin el coro de Berlanga

Por Joan Ripollès Iranzo

Hasta el día siete de marzo, puede visitarse en la sala de exposiciones del complejo El Águila de Madrid la muestra Viaje alrededor de Carlos Berlanga, que reúne fotografías, documentos, testimonios y una parte significativa de la obra gráfica engendrada por este polifacético artista, fallecido en junio de 2002. Una década antes de su pérdida, su padre, el cineasta Luis García Berlanga, confesaba que, de entre sus cuatro hijos, «Carlos es el que más ganas ha tenido siempre de comunicarse con sus contemporáneos. Quería pintar, escribir, tocar música, y en eso se parecía bastante a mí. Él nunca lo querrá aceptar, pero, aunque me irritaba tanto que, como dije, le he llegado a pegar, creo que para mí fue el que más me inquietaba»1.

Aquel mismo año 2002, Berlanga padre se puso por última vez detrás de las cámaras para dirigir El sueño de la maestra, un cortometraje entresacado de la trama de su segunda película, ¡Bienvenido, Mister Marshall! (1953). A pesar de su brevedad, aquella pieza concentraba buena parte de su causticidad y ternura, además de algunos guiños a sus compañeros de profesión. Pero no dejaba de ser eso, un sueño, porque el director se había despedido de manera lapidaria y ostensible tres años atrás, en 1999, al dirigir París-Tombuctú, que él mismo ha querido definir como su testamento público, una confesión íntima de sus miedos, obsesiones y esperanzas que culmina con un sobrecogedor «Tengo Miedo» escrito sobre el paisaje levantino que le vio nacer en 1921.

Si en su trabajo anterior, ¡Todos a la cárcel! (1993), cargaba las tintas contra la miserable corrupción de las instituciones públicas y de eso que se ha dado en llamar «los agentes sociales», París-Tombuctú deviene un retazo de su mismidad, una herida abierta por la que el espectador se asoma a lo más vulnerable y desolador de su esencia como ser humano: la falta de libertad, el miedo, la necesidad de amor, el desamparo... Sólo un valiente es capaz de escribir la última línea de la obra de su vida confesando su temor, su cobardía. Y, además, Berlanga padre consigue llevar a cabo este periplo de soledad sin dejar de ser fiel al modelo de tragicomedia coral que define su estilo visual y narrativo. Mil voces, legión, que condensan la esencia de lo ibérico, lo humano, en el seno de complejos retablos perfectamente diagramados que cobran, sin embargo, la apariencia de ebulliciones espontáneas, puntas de verdad que emergen del caldo nervioso de la vida diaria.

Diez años sin el coro de Berlanga padre, aquel que ha repetido tantas veces que siempre ha querido orinar sobre el mismo rincón del barco de nuestra sociedad para ver si, con un poco de suerte, a base de oxidar un puntito en el casco, abría una brecha que lo hundiera para siempre. Casi ocho años sin la voz de su hijo Carlos, continuador y espejo anárquico, quien tuvo los arrestos de cantar, con desapacible ironía: «Harto de escuchar consejos, harto de romper espejos, harto del exceso, harto de mí. Todos hablan de dinero, todos quieren, yo el primero, ser como el rey Midas, ser como Dios. Buscaré las ruinas de una antigua civilización para destruir de nuevo lo que todo el mundo destruyó»2. Duelen más sus testamentos cuando no quedan herederos capaces de perseverar en la magnitud y la hondura de su obra.

  • (1) Antonio Gómez Rufo, Berlanga. Contra el poder y la gloria, Madrid, Ediciones Temas de Hoy, 1990, p. 215. volver
  • (2) De la letra de la canción El ángel exterminador, perteneciente al disco homónimo editado por Carlos Berlanga en 1990. volver
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