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Jueves, 4 de febrero de 2010

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ARTE

La figura de Maruja Mallo (I)

Por Macarena Cuiñas Gómez

Maruja Mallo, nacida en Viveiro (Lugo) en 1902, destacó como una artista de gran personalidad, sobre todo en los años veinte y treinta. Fue una pintora de lo que, posteriormente, se calificó como vanguardias, conocida y reconocida por André Bretón y Paul Elouard. En 1922 se matricula en Madrid en la Escuela de Bellas Artes, hoy Real Academia de San Fernando. Allí es donde entra en contacto con lo más granado de la intelectualidad española del momento: pintores, escritores, poetas, filósofos, etc. De hecho, siendo todavía estudiante, Ortega y Gasset se fija en sus primeras pinturas, las llamadas verbenas en las que retrata estos eventos festivos españoles, y le ofrece una exposición en la Revista de Occidente. Esta fue la única que realizó la citada revista, dato que da idea del talento de una joven Maruja Mallo que suscitó el interés de un intelectual de la talla de Ortega, el cual le encargó varias portadas para su revista en los años treinta.

Su obra transitó por el mundo del surrealismo figurativo y exploró la temática de lo putrefacto, las cloacas, alcantarillas, el extrañamiento, los sueños, asuntos desarrollados por Dalí. En estos años gana la plaza de profesora de secundaria en el instituto de Arévalo (Ávila) en el que enseña dibujo. Este trabajo forma parte de un afán pedagógico que desarrollaría activamente en las llamadas Misiones Pedagógicas de la Segunda República en Galicia.

En los años treinta explora el aspecto social en las pinturas llamadas la religión del trabajo. Estampas que representan trabajadores de la tierra, labradores, y del mar, marineros, que se dibujan con sus redes y el producto de su trabajo, los peces. Destaca en estas pinturas de Maruja un afán clave en toda su obra: el orden geométrico que rige la naturaleza. Maruja fue una gran estudiosa del orden del universo y, en concreto, de las teorías del número áureo, así como del esoterismo. Le obsesiona la proporción, la simetría que esconde lo tangible. Esto puede apreciarse en los bocetos previos a estos cuadros, así como en las naturalezas vivas pintadas bajo el descubrimiento que supuso para ella Sudamérica, gracias al autoexilio al que se sometió una vez estalla la Guerra Civil española. En esta serie representa elementos marinos de los océanos Atlántico y Pacífico, como caracolas, estrellas de mar, medusas, así como elementos de la tierra. Entre ellos destaca el conocido cuadro titulado El racimo de uvas (1944), claro ejemplo de esta etapa: simetría y geometría perfectas, explosión colorista, sugerencia sensual, naturaleza viva y arte casi pop, o, por no cometer un anacronismo, de estética anticipada a su época.

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