ARTE / Claroscuro
Por Francisco de Asís García García
El Retablo de la Bañeza traduce en imágenes dos de las líneas maestras del culto cristiano en la Baja Edad Media: la exaltación mariana y la creciente devoción a los santos. Mientras que la imagen mayestática de la Virgen con el Niño preside la calle central y el protagonismo de María queda patente en las escenas de Infancia del lateral derecho, todo el sector izquierdo del retablo se dedica a pasajes de la vida de San Francisco de Asís.
El auge de la orden franciscana posibilitó que la iconografía de su fundador fuera una de las más ricas y prolíficas de los siglos bajomedievales. En el registro inferior de la calle izquierda se representa un conocido pasaje de la vida del santo. Según el relato popularizado por obras como las Florecillas o la Leyenda Mayor de San Buenaventura, el santo de Asís emprendió un viaje a Egipto acompañado por un hermano con el fin de convertir al cristianismo al sultán de Babilonia —nombre dado entonces a El Cairo—. Apresados y maltratados por la guardia del sultán, los frailes fueron conducidos ante el soberano, quien quedó impactado por la personalidad de Francisco y sostuvo con él un animado diálogo. Una variante de dicho episodio fue representada en el ciclo mural de la basílica de Asís, uno de los más completos de la hagiografía visual franciscana. El pasaje citado también halló plasmación en otros conjuntos pictóricos como el que aquí comentamos.
Nicolás Francés, de procedencia gala, ejerció su actividad en el área castellano-leonesa en plena decimoquinta centuria, distinguiéndose como maestro en las obras de la catedral de Santa María de Regla de León. Es reconocido como uno de los máximos exponentes en Castilla del llamado «gótico internacional». Bajo este apelativo se engloba a una serie de manifestaciones artísticas realizadas en el amplio tránsito de los siglos xiv y xv que comparten el gusto por las formas suaves y sofisticadas, un afán decorativista, la atención al detalle y el tratamiento cortesano de los temas. Hacia mediados de siglo recibió el encargo —no conservado documentalmente— de realizar este retablo para la capilla de una granja del marquesado de Esteva de las Delicias, en La Bañeza.
Las escenas representadas se adaptan al ritmo ternario impuesto por la mazonería del retablo, y la factura de las tablas revela el buen hacer de su artífice. Pero más allá de sus cualidades narrativas y estilísticas, uno de los aspectos más sugerentes de la tabla reside en la recreación del imaginario oriental a través de la figura del sultán y de sus súbditos. La atracción por lo exótico se convirtió en un componente clave de la estética del gótico internacional. Los contactos comerciales a gran escala y la llegada de manufacturas suntuarias foráneas, así como la literatura de viajes, estimularon una fascinación por lo oriental que ya conocía una larga tradición en la cultura europea de la Edad Media. Dicho exotismo no resultaba del todo ajeno en los reinos hispanos, cuya dilatada coexistencia con el islam había favorecido la asimilación del fasto oriental entre las elites cristianas peninsulares. El Oriente imaginado por los occidentales revestía, no obstante, una alta dosis de fantasía y sofisticación, llegando a configurar una particular imagen del «otro». Esta particular percepción se materializa en el recurso a la diferenciación étnica, siguiendo clichés establecidos en la cultura visual del Occidente medieval, y especialmente a través del lujo alusivo al boato característico de la soberanía oriental. Destaca en este sentido el fantasioso tocado con que el sultán adorna su cabeza, así como la riqueza de su indumentaria, evocadora de las suntuosas vestiduras producidas en Oriente que tanto éxito conocieron en el mundo occidental. Resulta significativo por ello que los hechos narrados en la tabla tuvieran lugar en plena efervescencia de las Cruzadas, un momento en el que el intercambio artístico y la creación de estereotipos culturales entre ambos polos del Mediterráneo adquirieron singular relieve.
En paralelo a la historia que se nos narra, la escena aparece salpicada de pequeños elementos que inciden en el gusto por lo anecdótico. Con un carácter que podría calificarse de «marginal», al modo de los motivos secundarios que se aprecian en los manuscritos del momento, una serie de cánidos en diversas actitudes componen un animado contrapunto al relato principal. Se ha querido ver en ese elemento —a priori carente de significado— un recurso ambientador, alusivo a la masiva presencia de este animal en la ciudad cairota.