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Lunes, 1 de febrero de 2010

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CULTURA Y TRADICIONES

Bestiario ejemplar (1). El gallo de San Esteban

Por Jeneze Riquer

Quien se acerque a los pies de San Esteban a duras penas evitará la inercia de alzar la vista al vuelo de su torre. Imprescindible en el skyline de la ciudad, divisada desde las alturas de Zamarramala o La Lastrilla, la torre de San Esteban es sin duda la más hermosa del románico segoviano. Sobre su cima, tremendo y fascinante, descuella la figura de un gallo extraordinario (por sus dimensiones, por su hechura, por su majestad).

Bestia solar, como el águila o el toro, existe acuerdo universal en conceder al gallo naturaleza ígnea y asociarlo a la Luz Naciente, a la Emergencia del Día. Así entre mazdeos y celtas, entre hindúes y extremo-orientales; la tradición china, por ejemplo, lo conserva como décimo signo de su zodiaco y considera que el sol está ocupado por un gallo de fuego. Por lo demás, su presencia en lo alto de los templos cristianos está documentada desde el siglo vii, cuando el sasánida Cosroes II ordenó sustituir las cruces por gallos en las ciudades de Tierra Santa por él conquistadas. La Edad Media europea lo dispone sobre torres y cúpulas al menos desde el siglo ix; poco después, ya campea en lo alto de las torres de Cluny representadas en un códice del siglo x o en el célebre tapiz de Bayeux (s. xi), coronando la de Westminster. Entre nosotros, el ejemplar más admirable, dorado y oriental, dominaba el cielo de León, sobre la torre de San Isidoro, hasta que hace pocos años fue descolgado para su restauración y estudio, y sustituido por una reproducción; desde entonces, se expone en una vitrina del Museo de la Colegiata. (Excurso: la mentalidad moderna encuentra de lo más normal del mundo semejante «descenso» del «objeto artístico», su exposición a ras de suelo y su sustitución por una réplica semejante en lo exterior; sin embargo, no parece que el zeitgeist medieval hubiera concebido nunca semejante «desactivación» de la influencia espiritual depositada efectivamente en el «objeto sagrado» ―con toda seguridad construido y colocado de forma ritual―. Por otra parte, no es verosímil que razones conservacionistas justifiquen tal acción, cuando el gallo llevaba casi mil años viendo salir el sol por las mañanas). A propósito: el mismo templo leonés custodia otro gallo más modesto, el representado en las espléndidas pinturas de su Panteón Real ―y representante de la Pasión, tal que «despertador» de Pedro―, con rótulo aparejado que no deja lugar a dudas: «GALLVS». (Hace tiempo que nos preguntamos, algo frívolamente, si no tendría Cervantes en la cabeza este tipo de representaciones cuando contó el chiste del pintor Orbaneja, «al cual, preguntándole qué pintaba, respondió: “Lo que saliere”. Tal vez pintaba un gallo, de tal suerte y tan mal parecido, que era menester que con letras góticas escribiese junto a él: “Este es gallo”»).

Tallados en piedra también se encuentran gallos: uno exhibe su labor excepcional en un capitel de San Pedro de Tejada, en Burgos; otro alimenta el enigmático simbolismo de la portada de las Navas de Riofrío, en Segovia. Por fin, vivito y coleando sorprende al peregrino desavisado que completa su etapa del Camino en la catedral de Santo Domingo de la Calzada, en cuyo interior se mantiene y venera desde antiguo a una pareja, gallo y gallina, de pluma blanca. (No sorprenderá tanto entonces saber que en ciertos templos sintoístas transitan en libertad magníficos ejemplares sagrados).

Por su parte, la tradición cristiana otorga al gallo, entre otras, la condición de vigía (en relación íntima con el sentido de la vista), sin duda por su presteza en el anuncio ―día sí y día también, como continuamente― de la salida-presencia del Sol, de la Luz, de Cristo. (Tal vez a estas alturas el lector despierto ya haya tendido puentes entre lo dicho y el nombre con que se conoce la liturgia nocturna de la Navidad). En un orden de cosas paralelo, esa vigilancia se asocia a la vigilia espiritual, a la alerta respecto de la incesante teofanía que es el Mundo, condición necesaria del homo simbolicus. (Ligado a su identificación con Cristo, a nosotros nos resulta notable su disposición sobre la veleta, o lo que es lo mismo: sobre la cruz tridimensional, gobernando desde su centro ―el séptimo punto cardinal, el corazón― las seis direcciones del espacio). Función asociada a la anterior es la que le concede al gallo (también entre chinos y nórdicos) la capacidad de ahuyentar los «demonios nocturnos», y es asimismo en este sentido como ha de entenderse su disposición sobre el campanario y, en última instancia, la equivalencia de su canto con el tañer de las campanas, a las que se atribuye igualmente poder apotropaico (como quedará expuesto en otro rinconete). Sin salir de la tradición abrahámica, y en consonancia con la alta estima en que el Profeta (s.a.s.) tuvo al gallo («El gallo blanco es mi amigo; es el enemigo del enemigo de Dios»), casi tenemos también la tentación de asimilarlo al almuédano que llama a salat al-fayr antes de que despunte el alba: el gallo y el takbir despiertan y exorcizan.

Un último matiz parece todavía caber en el Gallo arquetípico. La antigüedad grecorromana lo representa a menudo como atributo de Hermes-Mercurio, el mensajero que recorre los tres niveles del cosmos, de los Infiernos al Cielo. Como conductor de almas lo ve también la mitología nortegermánica, cuyo gallo Goldkamm (cresta de oro) ejerce la vigilancia sobre el puente del arco iris que conduce a la mansión de los dioses. Esta última asociación encuentra en la propia Segovia un refrendo inesperado. No lejos de San Esteban, la capilla más meridional de su templo mayor, la catedral gótica, corona su estatura con un Mercurio alado y casi en movimiento, perfectamente visible desde la Judería Vieja.

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