Arte / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Eugenio Lucas Velázquez es sin lugar a dudas el seguidor más importante, a todos los niveles, de la obra de Francisco de Goya, con la que en tantas ocasiones se ha confundido la suya propia. Madrileño de nacimiento, inicia posiblemente su formación en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, que culmina con la lección que recibe de los grandes maestros del Museo del Prado. Llegó a gozar en vida de un considerable reconocimiento, lo que le llevó a recibir el proyecto de decorar el techo del Teatro Real de Madrid, e incluso a ser nombrado pintor honorario de cámara de la reina Isabel II. Entre sus seguidores, pero de calidad inferior a la suya, estará su propio hijo Eugenio Lucas Villaamil, fruto de su relación con Francisca Villaamil, hermana del pintor romántico Jenaro Pérez Villaamil.

Eugenio Lucas Velázquez (1817-1870): La lavativa (detalle)
Lienzo, 39 x 40 cm
Núm. de inventario: 4422
Este cuadro, de pequeño formato, recuerda en técnica y temática al genial aragonés. La nocturnidad de la escena, la violencia de los personajes, la técnica rápida, desleída y empastada, o la crítica mordaz hacia el estamento clerical, que se completa con la inscripción que aparece en el dorso de la obra «¿Qué pensabas tonto? ¡Tonto! Pues nadie se escapa», es un buen reflejo de ciertas pinturas y grabados de Goya, caso de sus caprichos, en los que en tantas ocasiones caricaturiza a la sociedad de su momento, como nadie antes lo había hecho. Eugenio Lucas Velázquez realiza obras de similar temática, aunque con menos genialidad, lo que explica a la postre la confusión de autoría de muchas de sus pinturas, caso del Aquelarre, las Majas y frailes en una bodega, La Libertad guiando a la Iglesia, Condenado por la inquisición, etc. Además de estos temas, también pintó retratos y paisajes de muy buena calidad.
No existe ninguna duda de que se trata de un clérigo el hombre al que se le va a aplicar la lavativa, en postura tan comprometida, con sus hábitos levantados y su bonete en el suelo, sin perder las medias ni los zapatos. El anticlericalismo que se vive en ciertos sectores de la sociedad española, especialmente urbana, del siglo xix, es fruto en gran medida de la Ilustración del siglo xviii y de las invasiones napoleónicas que sacudieron a toda Europa tras la Revolución francesa. Instituciones de origen medieval como la Inquisición verán ahora su fin. Sus prácticas ancestrales y brutales aparecen al mismo nivel que los aquelarres y ceremonias presididas por el maligno, como si se tratase de la otra cara de la misma moneda. Al fin y al cabo como bien expresó el genial Goya, El sueño de la razón produce monstruos, y ya se sabe que los monstruos, monstruos son, independientemente del momento y del lugar en que estos aparezcan...