Cultura y tradiciones
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Las campanas, esos «dinosaurios musicales de bronce», han servido para comunicar con su lenguaje diferentes hechos relevantes en la vida de las comunidades a las que servían. En los tiempos en que no existían los ingenios tecnológicos comunicativos que hoy entendemos como básicos en nuestras vidas, sin duda se erigieron en el medio más eficaz para informar «en tiempo real» sobre lo que estaba pasando a un gran número de gente.
La campana tiene algo de sacral, por no decir algo de mágico. Es significativo que cuando se fundía una campana, al instalarla en el campanario se consagrase, con toda su ceremonia. Además de un instrumento de comunicación, se creía que servía así mismo como instrumento de defensa frente a realidades que excedían el control humano. Así, los repiques de campanas de la noche de Santa Águeda que se utilizaban para ahuyentar a las brujas, según testimonio de Martín de Andosilla (De superstitionibus, 1510). Más tarde, el padre Fuentelapeña explicaba cómo el tañido de las campanas y artillería eran los únicos medios que tenía el ser humano para deshacer nublados, «pues el sonido de las campanas (lo mismo es el estampido de la artillería) o el aire que, impelido del toque dellas, se dilata violento en ondas, rompe con su violencia las nubes y deshace los nublados; por lo cual, cuando éstos amenazan, se tocan aquéllas, no sólo por vía de deprecación, sino por remedio natural que sin duda aprovecha cuando las nubes están bajas, y en distancia que llega a ellas el aire». Tales tañidos llevaban por nombre tentenublos, cuyo son los sacristanes aprendían por medio de un sencillo procedimiento mnemotécnico («Ten-te nu-blo, ten-te ti, no te cai-gas so-bre mí»... o fórmulas parecidas). La decoración apotropaica de muchas de ellas responde a este mismo motivo: prepararlas con la mejor potencia simbólica para que cumplieran su papel protector.
Desde el siglo vi las campanas formaron parte del paisaje cultural y sonoro de Europa, pero de la Europa cristiana, porque la campana «de iglesia» ha sido un instrumento en Occidente propio de esta religión. Por tanto, el lirismo de un cante de Manuel Molina, que él mismo interpreta por bulerías, no se corresponde a una «verdad» histórica, aunque su potencia evocadora es tan grande que lamentamos que las cosas no sucedieran del modo que se relatan. En una sus letras, se narra la conversación entre el abuelo y su curioso nieto:
-Abuelo, ¿por qué la Torre del Oro
la hisieron sin campanas?
-Mi niño, porque la hisieron los moros
pa’ no despertá a Triana.
Sí es histórico, por el contrario, el testimonio de un imán que muere en Sevilla en 1248 y relata la pena que siente ante la suplantación de la llamada a la oración por el sonido de las campanas, una vez conquistada la ciudad por los cristianos, pues es sabido que para llamar a la oración la cultura musulmana también empleó señales sonoras emitidas desde una torre (alminar), pero humanas: el canto del almuédano.
Hoy, las campanas se asocian nostálgicamente a la banda sonora de un medio rural en vías de extinción. Así como los sacristanes tuvieron previsto cuántos toques había que dar para anunciar que moría un varón, una mujer, un niño... ¿quién tocará, lamentándose, por la desaparición del tañido de las campanas?