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Martes, 3 de febrero de 2009

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Arte / Claroscuro

Los hijos del pintor en el salón japonés

Por Juan Carlos Ruiz Souza

En este cuadro inacabado Fortuny pinta a sus dos hijos, Mariano y María Luisa, sobre un gran diván de Villa Arata en Portici, residencia de verano del artista y su familia junto a la ciudad de Nápoles.

Ilustración. Mariano Fortuny (1838-1874): «Los hijos del pintor en el salón japonés» (detalle)

Mariano Fortuny (1838-1874): Los hijos del pintor en el salón japonés (detalle)
Lienzo, 44 x 93 cm Núm. de inventario: 2931

Es una de sus últimas obras, y era su intención enviársela a su suegro, Federico Madrazo, a modo de regalo por aparecer en ella sus nietos, ya que el pintor se casó con su hija Cecilia en 1867. Libre de cualquier exigencia al tratarse de un cuadro íntimo de familia, y como siempre al tanto de las tendencias más vanguardistas de la pintura europea, Mariano Fortuny se muestra con una atrevida libertad, y se hace eco del impacto de la cultura del Extremo Oriente, especialmente la japonesa, conocida en Europa gracias a la llegada de estampas, telas, cerámicas y otros objetos nipones. La composición general y apaisada del lienzo, en donde las plantas sirven de contrapunto a la dureza de una arquitectura blanca y desnuda, la aparición de ricas telas y cojines orientales, el enorme diván que más bien parece la línea del horizonte, el abanico de la niña, o la delicada rama de almendro florido con enormes mariposas que decora la pared del fondo, nos hablan de un orientalismo renovado dentro de la producción del artista, que hasta entonces había canalizado su exotismo hacia la cultura islámica de Marruecos y de Andalucía. Tras el fallecimiento del pintor, el cuadro no salió de la familia. Lo conservó su mujer Cecilia, lo heredó el pequeño niño de tres años que aparece en la pintura, y éste lo donaría al Museo del Prado tras su muerte en 1950, siendo entregado al mismo por su mujer Henriette Negrín.

Junto a la técnica preciosista y en gran medida impresionista que caracteriza las obras de Fortuny, llama la atención la atrevida composición de la pintura. En la pared del salón utiliza de nuevo un fondo claro e indeterminado, al igual que en las tapias encaladas de sus obras marroquíes, para centrar y dirigir la atención del espectador sobre los personajes y objetos que le interesan al pintor. Pero hay algo más en esta pintura que podría llevarnos incluso al propio Velázquez. Además del valor intrínseco que siempre obtiene de los fondos neutros, el carácter apaisado del lienzo y la estrecha franja en la que se disponen los personajes —el niño sentado hacia su hermana que aparece tumbada—, hacen que recordemos, salvando las múltiples distancias que separan ambas obras, el ritmo y la armonía del delicioso Mercurio y Argos del maestro sevillano.

A los pocos meses de pintar este cuadro moría Mariano Fortuny en Roma, con el reconocimiento general de la crítica. Como en otros casos de grandes genios que ven su vida truncada antes de llegar a los cuarenta años, nos preguntamos hasta donde podría haber llegado el maestro catalán. A pesar de su origen modesto pudo estudiar en París y Roma las tendencias más vanguardistas de la pintura europea que siempre supo apreciar con agudeza. A modo de contrapunto viajó en varias ocasiones a Marruecos donde se sumergió en una cultura diferente a la europea. El orientalismo, el realismo, el impresionismo e incluso el modernismo se abren paso en un arte sumamente personal. Vio cómo los marchantes y coleccionistas se disputaban su obra. Y además emparentó con el maestro Federico Madrazo, hombre muy influyente de la alta sociedad madrileña. Seguramente ningún artista de la época pudo disfrutar de una vida tan dinámica e interesante como la suya, y desde luego jamás gozaría de un éxito tan arrebatador como solo él mismo conoció.

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