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Jueves, 28 de febrero de 2008

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Literatura

Libros clave de la narrativa uruguaya (I).
Caramurú

Por Fernando Aínsa

Caramurú (1850) es la primera novela uruguaya. Una obra que, por añadidura, tuvo un éxito singular en vida de su autor, Alejandro Magariños Cervantes (1825–1893), un prolífico poeta, narrador, ensayista y periodista, amén de político y universitario de extensa trayectoria pública y docente. Ensalzado como «cantor infatigable de nuestra naturaleza virgen, de las costumbres del pueblo, de las viejas leyendas, de las tradiciones guerreras, de los triunfos de la civilización, de los dolores del pasado y de los eternos problemas del alma», Caramurú fue publicada originalmente en Madrid. La crítica española saludó a su autor como alguien que ha sacado «provecho de los infinitos portentos naturales de América y de las interesantes costumbres de sus habitantes».

Para llevar a cabo este «bosquejo», Magariños sitúa la acción trepidante de la novela en un período significativo de la historia del Uruguay: el de las invasiones portuguesas (1816-1820) y la dominación lusobrasileña que da origen a la Provincia Cisplatina (1821–1825), por la que el Uruguay fue anexado al reino de Portugal en 1821 y poco después, tras el famoso «grito de Ypiranga» del 7 septiembre de 1822, al del Brasil independiente.

Caramurú se centra en la resistencia contra los portugueses que, al norte del río Negro, llevaron a cabo montoneros y guerrilleros refugiados en los «montes» que crecen a orillas del río Uruguay a la altura de Paysandú. Combatientes al grito de guerra «¡Libertad o muerte!», los intrépidos guerrilleros están bajo el mando de Amaro, el protagonista, un gaucho apodado «Caramurú». Lejos de los tópicos del romanticismo en boga, Magariños no idealiza la figura del gaucho y prefiere las descripciones de un realismo costumbrista de corte sociologizante.

Al personaje de «Caramurú» se le otorgan «reglas de nobleza» y un aspecto atractivo —robusto de ojos rasgados y brillantes, con tersos y relucientes cabellos negros flotando en «agradable desorden», labios delgados—. Es arrogante y orgulloso, revelando «desdeñosa altivez» y templado por cierto aire recio que subyuga o predispone a su favor. Guerrillero patriota, por sobre todas las cosas, Amaro puede ser también cruel y esgrimir «la insolente arrogancia del bárbaro que desprecia las comodidades y el lujo de la civilización». Rodeado de obedientes montoneros de «rostros varoniles, tostados por el sol y por los cierzos», vestidos con harapos, su autoridad es indiscutible, porque Amaro «subyugaba por la fuerza del sentimiento», convencía sin amenazar.

Caramurú es un folletín histórico de trama ágil y lectura fácil, con equívocos y revelaciones que atan al final los cabos sueltos de una historia rocambolesca y, por momentos, increíble. Sin embargo, aunque haga sonreír a más de un lector contemporáneo, sus páginas reflejan la voluntad literaria fundacional de un país que todavía estaba dividido entre el gobierno de la Defensa en Montevideo y los sitiadores aliados con Rosas. La elección de un argumento centrado en la resistencia al dominio lusobrasileño iniciada en Paysandú en 1820, es emblemática y hace revivir al desconcertado ciudadano de 1850, un episodio anterior en el que la voluntad patriótica había salido triunfante. Tras los personajes ficticios de la novela, están los protagonistas y los episodios reales de la historia del Uruguay que irrumpen en las últimas páginas —Rivera, Lavalleja y los 33 Orientales, las batallas de Sarandí y de Ituzaingó— para darle la autenticidad y el arraigo buscado. Los referentes del pasado apoyan esa voluntad de inaugurar una tradición que explicita Magariños en este y otros textos de su vasta obra. De ahí el interés que ofrece esta primera novela histórica uruguaya.

Con respeto filial, Eduardo Acevedo Díaz —autor de Ismael, otro de los libros clave de la narrativa uruguaya— lo reconoció en su momento. Sostuvo que Magariños, su maestro y profesor en la universidad, «fue el divulgador, quien dio el santo y seña a la juventud inteligente el secreto de las grandes inspiraciones nacionales. Ese es su mérito real y su salvoconducto al porvenir».

Magariños contribuyó así a preparar «un ambiente propicio» para la novela en la perspectiva de «constructor de las sociedades hispanoamericanas del siglo xix» en la que lo incluiría Pedro Henríquez Ureña, aunque para ello haya debido atravesar la «lóbrega y pavorosa noche» en que envuelve a sus lectores desde las primeras líneas de la novela.

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