Literatura
Por Luis Alonso Girgado1
No es esta la primera vez que intentamos vislumbrar algo que oriente al lector a la hora de acercarse a la personalísima (hermética, visionaria, abierta a innúmeras posibilidades interpretativas) del mexicano Bellatin, el autor de la impresionante Salón de belleza (Prix Médicis francés) o Flores (Premio Xavier Villaurrutia). Inagotablemente imaginativo, Bellatin se nos presenta, en una nueva vuelta de tuerca a mundos narrativos crueles y destructivos, insólitos y de pesadilla, absurdamente oníricos, con dos nuevos títulos: Damas chinas (2006) y El gran vidrio (2007) ambos publicados por Anagrama.
En Damas chinas está el Bellatin menos disperso, menos excesivo y más coherente para asomarnos a la vida de un ginecólogo en lo que es un relato autobiográfico formalmente. En una prosa desnuda y sobria, con una sucesión concatenada de párrafos de firme trazado, el escritor nos adentra en un vivir marcado por el tono frío, implacable, distante de su contemplador protagonista; un vivir que aúna la rutina burguesa y cotidiana con lo sórdido oculto. Un realismo selectivo suministra apoyaturas verosímiles a una narración ciertamente inquietante, turbia, ajena a cualquier emoción o brote sentimental. Un motivo recurrente, el del niño que cuenta una historia al médico, ilustra un segundo texto (autónomo, un apéndice) más en clave onírico-fantástica donde tampoco faltan ecos kafkianos, atmósfera opresiva, poderosa visualización externa de personajes y escenario, así como sorprendentes e insólitas derivas de la acción.
La sensación de extrañamiento, el índice de experimentalismo o la rareza de las fábulas propuestas ascienden de grado en las tres disímiles propuestas que, con la adopción de la primera persona tan típica de Bellatin, nos presenta El gran vidrio. En la primera, trescientas sesenta secuencias numeradas nos plantan ante la explotación sexual de un niño mentalmente deteriorado por parte de su madre. En la segunda se cruzan el mundo islámico e hindú en la figura de una sheika (guía de una comunidad religiosa) enferma. Motivos como el de los perros, emblemático del escritor, reaparecen en este complicado y heterogéneo, excéntrico texto. Cierra la trilogía una atípica o inverosímil narradora que reitera la pesadilla de la demolición de la casa familiar, mientras naufraga en mentiras, contradicciones y equívocos de todo tipo entre los que asoma el propio novelista para ofrecernos algunas recetas de su particular modo de entender un texto, una novela, la literatura misma partiendo de su pasión escritural, de la gratuidad del acto de escribir, del ensayo de las múltiples posibilidades del texto y de lo que en él hay de oculto o manifiesto, de engaño y mentira, de su complicidad con sus criaturas de ficción, etc. Irregular como conjunto El gran vidrio es, por opuestos motivos, interesante. Está, en sus páginas, la fantasía —grotesca, tragicómica, lúdica— de un escritor capaz siempre de despistarnos, de llevarnos a su insólito terreno imaginativo, de convertirnos en espectadores de sus inconcebibles y contradictorias fabulaciones en las que son constantes la enfermedad y la muerte y en las que la crítica implícita a una realidad repudiable alterna con gratuitas construcciones oníricas, con excentricidades imaginativas, detalles exóticos y absurdas crueldades. Algo de Mario Bellatin hay que leer: es un innovador nato.