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Martes, 12 de febrero de 2008

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Arte / Claroscuro

Una pareja incompleta

Por Marta Poza Yagüe

La mitología griega nos ha dejado la historia de la disputa entre Atenea, la inteligente pero belicosa hija de Zeus, y Marsias, el imprudente sátiro que se atrevió a desafiarla.

Ilustración. Copia romana (principios del siglo I d. C.) de un original de Mirón (ca. 450-440 a. C.): «Atenea» (detalle)

Copia romana (principios del siglo I d. C.) de un original de Mirón (ca. 450-440 a. C.): Atenea (detalle)
Mármol blanco, 150 cm de altura Núm. de inventario: E-82

Cuentan de cierto día en el que la primera, tras haber inventado la doble flauta —o aulos—, trató de hacer sonar el instrumento.

Mas, contrariada por el enrojecimiento e hinchazón que producía en sus mejillas el esfuerzo de soplar, lo arrojó airada lejos de sí, con la intención de que allí permaneciera olvidado.

La escena fue contemplada desde detrás de unos arbustos por Marsias, quien no dudó en recoger la flauta del suelo y en comenzar a interpretar una melodía. Airada la diosa, abofeteó al sátiro con rabia.

El episodio fue reproducido, a mediados del siglo v a. C., por el célebre broncista Mirón, convirtiéndose en uno de los grupos escultóricos más apreciados de la Antigüedad, según nos informan las fuentes. Si de su autoría nos da fe el historiador romano Plinio el Viejo († 79 d. C.) (aunque menciona los dos personajes de forma independiente y no como miembros de un mismo grupo):

Mirón de Eléuteras..., también es autor... de un sátiro mirando con sorpresa una flauta, de una Minerva... (Plinio el viejo, Historia Natural, libro 34),

su localización en la Acrópolis ateniense nos es conocida gracias al relato de Pausanias, el conocido geógrafo e historiador griego que aún pudo contemplarlos in situ, en el siglo ii de nuestra era:

También encontramos aquí la estatua de Atenea pegando al sileno Marsias porque había cogido las flautas y la diosa estaba empeñada en que permanecieran en el suelo (pausanias, Descripción de Grecia, I, 21, 1).

El grupo original, solo conocido por copias, describía una forma en «V». Uno de los lados lo constituía el cuerpo de la diosa, ligeramente desplazada de la vertical y dirigiendo una mirada desafiante a su oponente, mientras que el otro quedaba conformado por la figura del sátiro, realizando un brusco movimiento hacia atrás. El vértice, en el suelo, lo marcaban los tubos rotos de la flauta.

Una de estas copias, aunque incompleta, se conserva en el Museo del Prado. Se trata únicamente de la estatua de Atenea, realizada en mármol blanco de un grano muy fino. De buena calidad, refleja perfectamente el modo de hacer de Mirón, cumbre del clasicismo heleno de mediados del siglo v a. C., aún levemente influenciado por el Estilo Severo de fechas precedentes.

Estilizada, elegante y proporcionada, viste un peplo de pesada lana que cae en pliegues rectilíneos hasta el suelo. Esta verticalidad sólo se ve alterada por la posición ligeramente flexionada y retrasada de la pierna izquierda, cuyo pie asoma por debajo del vestido, y por el ligero desplazamiento de la tela hacia el mismo hombro izquierdo, marcando con qué brazo acaba de abofetear a Marsias. Es la sensación del movimiento contenido, encarnado en la racionalidad de la diosa, frente al violento retroceso que exhibiría frente a ella el irracional sátiro.

La cabeza, de facciones delicadas, mirada altiva y con la característica nariz recta, está coronada por un yelmo que, en origen, tal vez estuviera adornado por el tradicional penacho ático hoy desaparecido. Perdida hace tiempo, la actual es un vaciado de la cabeza de la Atenea conservada en el Museo de Fráncfort, copia seguramente del mismo taller que la madrileña.

Tras haber pertenecido a la colección romana de Cristina de Suecia, Felipe V la destinó a su palacio segoviano de San Ildefonso.

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