Arte / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Un hábito pardo con capucha, tejido en tosca estameña, es el único elemento que nos permite identificar al protagonista de este retrato como uno de los miembros de la orden franciscana.

Claudio Coello (1642-1693): El Padre Cabanillas (detalle)
Lienzo, 76 x 62 cm
Núm. de inventario: 992
Efigiado de medio cuerpo, con el tronco ligeramente girado, pero con la cabeza vuelta hacia el espectador, mira a su posible interlocutor de forma franca. Sus ojos, precisamente, son el elemento más poderoso de todo el lienzo. Vivos y brillantes, con un punto de luz reflejándose en las pupilas, se convierten en el vehículo transmisor de los sentimientos que animan el alma del retratado. Todo en el cuadro gira en torno a esta mirada y todo está ordenado para que nada le reste atención: el fondo prácticamente neutro, con un paisaje esbozado del que apenas se distinguen las hojas de una enredadera inmediata a la espalda del protagonista; la ausencia total de movimiento en la figura, estática, como congelada en un instante revelador; incluso la disposición del hábito, cerrado sobre el pecho, contribuye a ello, evitando la exposición de brazos y manos cuya postura pudiera distraer la vista del óvalo del rostro. Es, en definitiva, un retrato psicológico que no viene sino a confirmar la maestría de Coello en la factura de este tipo de obras. Pero detrás de esa intensa mirada se esconde una incógnita: la de la identidad de su propietario.
Desde su primera mención, en el inventario de los cuadros propiedad de la reina Mariana de Neoburgo que pasaron en 1746 a manos de su sobrina Isabel de Farnesio, aparece reflejado como el «Padre Cabanillas». ¿Quién era, entonces, este humilde franciscano llamado Cabanillas? Nada se había podido averiguar de su identidad hasta fechas recientes en las que, revisando las cuentas de la reina Mariana, se ha prestado atención al pago de una limosna a un Padre Cauanillas, referido como «relijioso lego de San Jil». Según la opinión de investigadores como A. Aterido, tal vez podría ser identificado, entonces, con uno de los frailes del madrileño convento de San Gil, próximo al Alcázar y de estrecha vinculación con los monarcas de la Casa de Habsburgo. Aún así, salvo un nombre y una procedencia, su biografía sigue siendo por ahora un misterio.
Quién sabe si confesor de la reina, consejero o simplemente amigo, sólo una estrecha relación personal parece justificar el encargo de un retrato de esta naturaleza, profundamente intimista y alejado del formalismo de los retratos de corte elaborados por Coello para Carlos II y su esposa.
Se sabe que decoró estancias palatinas tanto en San Ildefonso como en Aranjuez, antes de pasar al Prado en 1854.