Música y escena
Por Enrique Romero
El fenómeno de la inmigración latinoamericana en España viene dando que hablar en muchos órdenes, pero uno de los más socorridos es el de la integración como parte de la defensa de la identidad cultural nativa. Pese a que la identidad entre América Latina y España es, en esencia, la misma vaina, aún hay quienes aseguran lo contrario y alertan contra los peligros de la no integración de los inmigrantes y la consecuente alteración de la identidad española. Este discurso unilateral, que supone que el emigrante sólo debe recibir y adaptarse para no subvertir los valores de la sociedad receptora, contiene dos perversiones que lo invalidan; la una es anacrónica e inmovilista, podría decirse que utópica, pues ninguna sociedad se ha desarrollado sin el flujo de personas (gracias a la inmigración, nuestros antepasados más remotos superaron el incesto); la otra linda con el sionismo o, en todo caso, la xenofobia, al considerar sus valores identitarios más importantes que los del otro y, casi, únicos. Por suerte, la realidad del fenómeno inmigratorio, su praxis, se desarrolla al margen de estas perversiones discursivas. Otro planteamiento de la cuestión, más pragmático, sostiene que las inevitables relaciones interculturales generan nuevas representaciones que van dando forma a un nuevo contrato social. Esto es más coherente, pero en el caso de los emigrantes de América Latina, es decir, en las relaciones interculturales que se están dando entre estas dos comunidades en territorio español, cabe observar un matiz interesante y es el que interesa resaltar en esta nota: son los latinoamericanos los que están alterando y transformando de forma notoria, e incluso radical, el imaginario y las representaciones de los españoles, sobre todo en materia lúdica, léase música, baile, viajes, afectos y léxico, y no al revés.
Como todo el mundo sabe o debería saber, el Caribe hispano es portador de una música, un humor, un caminar, un léxico, un carácter y un baile exultantes y contagiosos. En el caso español, estos rasgos del carácter caribeño se vienen propagando de forma exponencial gracias a la diáspora latina y caribeña registrada en los últimos tres lustros. España está infestada de bares musicales, salsotecas, profesores de baile y músicos caribeños que, por ocio o por negocio (todo sea dicho), están cambiando radicalmente la actitud vital de los nativos.
Por supuesto que no se trata de una contaminación generalizada de la sociedad española, pero sí significativa y con una tendencia al alza. Ahora mismo, se cuentan por miles, en todo el estado, los españoles enganchados, de forma irreversible, a la cosmogonía latinocaribeña y ya no sólo como receptores, sino como protagonistas; deambulan por toda la piel de toro, músicos, disck jockeys, profesores de baile, empresarios de bares y discotecas españoles que cualquiera juraría que son latinoamericanos. Y esta ósmosis ha alcanzado hasta el habla (léxico, giros y acentos). Una contaminación latina en toda regla que a nadie debería quitar el sueño, a menos que sea para bailar una sensual bachata, un excitante merengue o una rabiosa salsa que lo redima del estrés primer mundista. El mismísimo Príncipe Felipe confesó a la prensa, cuando estaba soltero, que su futura esposa, además de los requisitos reales, debería gustarle la salsa y, para que nadie tuviera dudas acerca del tipo de salsa, que supiera bailarla. Nadie se escapa de la rumba.