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Ricardo Silva, la lección amena de la identidad


Lunes, 26 de febrero de 2007


Por Luis Alonso Girgado
 

Como tema ya clásico, instalado hace bastantes décadas en la novela colombiana, la violencia —exacerbada, aterradora en la obra de Fernando Vallejo— tiene su antídoto en el humor, aunque este se tiña a veces de ironía o sarcasmo.

Esa veta humorística se advierte en algunos títulos de Héctor Abad Faciolince, Daniel Samper Pizano o Alonso Sánchez Baute. Y no faltan ni trazos humorísticos ni rastros de violencia (una Bogotá lluviosa, de calles vacías, de crímenes a la luz del día) en una novela como Tic (Ed. Seix-Barral, 2004) publicada en Colombia en 2003 y de la que es autor Ricardo Silva Romero (nacido en Bogota, 1975), que tras pasar por diversos géneros se estrenó como novelista con Relato de Navidad en la Gran Vía (2001).

«Estaba despierto y se llamaba Sebastián Bernal. Eso era lo único que sabía de sí mismo… En unas horas sería otra persona…» Así comienza Tic y así comienza el descalabro, la inquietante peripecia de un Sebastián Bernal extrovertido, donjuanesco, brillante profesor universitario que de buenas a primeras, se despierta en el cuerpo de Gabriel Castillo, un gran pediatra pero un hombre solitario y ensimismado, culto e hipersensible, eterno enamorado de la mujer de Bernal. La dualidad cuerpo-mente y el fenómeno de la trasmigración son el motor aquí de una trama narrativa pródiga en el manejo del azar, de la casualidad, de la inverosimilitud, pero trenzada con solidez, de perfecta trabazón y, en con secuencia, de lectura que atrapa irremediablemente y hasta el fin a quien se mete en ella.

La crisis de identidad de Bernal, la revelación de zonas de su personalidad que hablan de un ser frágil y hasta algo patético, su imposible proceso de adaptación, su enfermedad, su desasosiego y la cercanía de la muerte van dando a la historia que el escritor nos propone una dimensión existencial y una visión del mundo y de los demás que se tiñe de comprensión y tolerancia, de bondad y amorosa generosidad. Todo ello se adereza de escenas y episodios divertidos en los que no falta el ingrediente del sexo por vía humorística. El contrapunto lo pone el ambiente que Bernal ha de asumir al trastocarse su identidad; un lugar de atmósfera gris y monótona en el que Eugenia se alza como un doloroso y ejemplar personaje, hondamente humano.

Tic es una novela que podría dar una divertida película. En todo caso, es una apuesta por el amor, por los afectos y por la vida misma, tan compleja e inabarcable, tan ininteligible a veces, tan capaz de zarandearnos del placer al sufrimiento. Ricardo Silva Romero ha dejado en Tic una escritura ágil y de acelerada andadura. No le falta inventiva ni dominio del oficio de contar directo y rápido. Maneja con absoluta soltura los mimbres precisos para desarrollar la historia. Nos transmite un temblor humano que, a través de sus personajes, acusamos con inmediatez. Estupenda sorpresa.

 


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