Cine y televisión
Por Carolina Franquiz
A través de algunos personajes masculinos podemos comprender que el hombre también estaba muy presionado para desempeñar un rol muy concreto. El hombre ideal es fuerte y emprendedor, no teme ser agresivo y siempre tiene que estar dispuesto a defender y proteger a la mujer, ello cuando no se antepone el sacrificio por la Patria. Su masculinidad aumenta proporcionalmente según su capacidad de seducir a otras mujeres y tras el matrimonio, según el número de hijos que sea capaz de tener.
En la película Dos cuentos para dos (1947) hay un claro ejemplo, en clave de comedia, de cómo a un hombre se le respetaría más y sería más atractivo para la mujer. La novia del joven es quien le hace la solicitud, es ella la que sueña con verle pelearse, con aspirar a ganar más dinero aunque él ya tenga un buen trabajo. Cuando el hombre empieza a cambiar de actitud, la chica se emociona al verle envalentonado y pelearse con otro hombre, aunque para llegar a esto el protagonista haya tenido que beber para desinhibirse, y tanto que también se atreve a mirar con más descaro a otras chicas. Además del alcohol, otro elemento que hace que el protagonista se sienta más seguro de sí mismo es tener más dinero y con éste vienen nuevos colegas que además le aconsejan que se acostumbre a dejar esperando a la novia, no es necesario ser puntual con las mujeres, y le animan a marcharse a beber y divertirse sin ella.
Siempre se habla de la infantilización de la mujer en cuanto débil y necesitada de la guía de un hombre, también la figura masculina aparece convenientemente ingenua. Los hombres actúan como niños cuando son infieles a sus esposas o a sus novias y también son los últimos en darse cuenta de la trampa que les tiende la mala de turno; ingenuidad que les quita responsabilidad sobre sus actos desleales.
Entre los hombres se establece una complicidad de género, y a pesar de los imperativos morales parecen admirarse en unos y otros su arrojo con las mujeres, especialmente si han seducido a la más guapa, aun cuando el seductor sea un familiar cercano como un cuñado. Si son rechazados por la guapa de turno, lo toman como una afrenta a su hombría y no tienen ningún miramiento a la hora de vengarse.
El protagonista infiel y seductor, suele tener a un amigo más centrado y adulto que funciona como una especie de conciencia y es quien le recuerda el camino correcto: el objetivo de todo hombre honesto es el matrimonio para crear una familia.
En las películas de ambiente taurino, se hace mucho énfasis en que éste es un mundo netamente masculino que sólo ellos comprenden. Si el hombre no puede demostrar que es valiente, lo único que le queda es asumir su condición de payaso, papel reservado para actores de reparto, excepto en las comedias en donde sí puede ser el protagonista.
El hombre que no se había fijado en la chica lo hace cuando aparece un tercero, es decir, que la vieja treta de los celos funciona y aun va más allá, pues el hombre intuye las intenciones del otro aunque no haya evidencias al respecto: se trata de juzgar al otro por su misma condición.
En Mariona Rebull (1947) el protagonista de la historia es el viudo Ríus, aunque el título lleve el nombre de la esposa. En este filme se puede observar una serie de normas a las cuales tendría que ceñirse un hombre: casarse por imperativo social sin tener que demostrar ningún amor o sensibilidad hacia la esposa, aguantar la infidelidad, si se da, sólo por mantener las apariencias, ser célibe después de viudo. Muerta la mujer, aunque se enamore de una mujer guapa y joven que le corresponda, debe sacrificarse como autocastigo y apartarla de su vida. En este mismo filme, el hijo de Ríus, un joven que desea dedicarse al arte (poco masculino), también se sacrifica por su padre y lo abandona todo por continuar con el tradicional negocio familiar.