Literatura
Por Luis Alonso Girgado1
Apostar por un valor joven, con muy poca obra, aunque en alza, es bueno siempre para un premio que quiere «hacer» escritores, novelistas en este caso. Y esta ha sido la apuesta del jurado de Alfaguara al otorgar el Premio de Narrativa de Alfaguara de 2006 a Abril rojo (Alfaguara, 2006), del peruano Santiago Roncagliolo, afincado en España y del que teníamos fresca aún la lectura de Pudor, su anterior novela, además de la historia criminal —tremenda, aterradora— que guarda, sabe a realidad peruana en el abismo de su violencia y su sordidez, de su vitalidad y su corrupción, del secretismo y mutismo del hombre y la mitología indígenas, de la soledad agresiva de su geografía de llano o de montaña. El hondo Perú está aquí, lacerado y doliente; mundo, lacerado y embrutecido por el trago, víctima del poder y a su vez victimario: en reducto irredento del país, sin modernidad posible, en lucha con una parte de sí mismo: con el misterioso mundo indígena y con el flagelo del rebrote de un «sendero luminoso» que sembró el terror en los años ochenta.
Este es el marco, la atmósfera el círculo por el que discurre la malandanza de un pobre hombre, «el fiscal distrital Félix Chacaltana Saldívar», que desde el oscuro destino en su Ayacucho natal y atado a la letra de los códigos ha de enfrentarse a una serie de crímenes atroces (cuerpos quemados, mutilados, deformados con saña) que son secuela de los aún activos «terruños» y que acaban revelando las atrocidades cometidas por el ejército, con el silencio del gobierno en el poder y la connivencia de la iglesia y el final de deterioro y locura de quienes han protagonizado la aniquilación de los senderistas. Los peores fantasmas del pasado inmediato del país (bombas, apagones, muertos, torturas) vuelven de nuevo en el relato de crímenes vesánicos frutos de destructivas y feroces paranoias. Todo lo cual es el vía crucis del ignorante fiscal burlado, movido como un títere por todos y llevado finalmente a la locura en su intento de entender una realidad que es un caos siniestro, una conjura de pesadilla que es mortífera y aniquiladora para quien se le acerca. Ciertamente, el recurso del escritor es uno: situar a un personaje débil en sí mismo, apegado a las normas lógicas de la justicia en un territorio bárbaro en el que víctimas y verdugos intercambian sus papeles. Si a ello le añadimos el bisturí que corta por un Perú desolador, devastado, tendremos este Abril rojo que es un abril sangriento: no el de Santos Chocano, el lírico modernista, sino el de José María Arguedas, indigenista y conflictivo, apasionado en estado puro.
Viene a confirmar este «policial sangriento» en expresión del propio escritor la capacidad del género policíaco (de la novela negra más exactamente) y del thriller de paranoia criminal para ofrecer visiones válidas y profundas de la realidad social y política de un país y de sus más violentas tensiones internas: todo ello acoplado a una trama aquí de implacable dureza y sordidez. Un paso más de la sempiterna dualidad civilización/ barbarie con un implacable despliegue de esta última y una radical indagación en el mal, en el crimen, en la destrucción. Ajustado, ceñido a la atmósfera y a la índole de los sucesos (una pavorosa crónica negra entre rural y urbana), el lenguaje potencia e impulsa todo, con las necesarias matizaciones y diferencias de acuerdo con algunos protagonistas.
Abril rojo es la constatación del notable tino narrativo de este peruano que se mueve entre Arguedas y Vargas Llosa y que puede convertirse en una nueva y acreditada voz novelística de su país. Talento, capacidad verbal, dominio técnico e historias que contar son sus avales. Con el tiempo, nos dará Santiago Roncagliolo más de una gran novela. Ya lo verán.