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Arte del relato,
Cepeda Samudio escribe Colombia*


Miércoles, 7 de febrero de 2007


Por Luis Alonso Girgado
   

Hay, sin duda, amistades peligrosas. La de García Márquez lo fue —literariamente— para Álvaro Cepeda Samudio (n. en Barranquilla, 1926) que compartió con Gabo cabeceras de prensa y trabajos cinematográficos además de afectos, aventuras y lecturas en el serio del llamado «grupo de Barranquilla» en el que también estaban Alfonso y J. Félix Fuenmayor, Germán Vargas, Quique Scopell y Bernardo Restrepo. Lo peligroso de la amistad fue la marginación, la relegación que sufrió la obra narrativa de Cepeda Samudio y que sufrieron tantos otros cercanos a un río tan violento y caudaloso, a un peso tan insoportable como el de la obra de García Márquez. Cepeda, que con los breves y contados relatos de Todos estábamos a la espera (1954) programó toda una renovación del relato colombiano y que en palabras de J. Gilard era dueño «de un virtuosismo único en la literatura colombiana» (pág. 34); arma con la que reaccionó contra la cuentística telúrica y nacionalista de los años cincuenta y sesenta dominante en la violenta Colombia del bogotazo de 1948 y años posteriores.

La nueva reedición, medio siglo después, de los ocho relatos que integran Todos estábamos a la espera (Cooperación Editorial, 2005), con introducción, notas y complementos didácticos de Jacques Gilard, sirve para el reencuentro con un Cepeda Samudio que ya desde su adolescencia como estudiante en el Colegio Americano de Barranquilla y entre 1949 y 1950 con su estancia en las universidades de Michigan y Columbia, asimiló la técnica del relato de los grandes maestros Faulkner, Hemingway, Steinbeck, J. Dos Passos, E. Caldwel, Norman Mailer y T Capote, radicalmente ajenos al criollismo de la narrativa colombiana de la época. Y sirve también para reparar un injusto desconocimiento y poner el acento en el añadido valor histórico que Todos estábamos a la espera posee en el contexto de las letras colombianas, contexto que este libro rompió y renovó con voluntad experimental, abierta y universalista. La publicación de su novela La casa grande (1962) y, ya en 1972, año de su prematura muerte, de Los cuentos de Juana cierra el breve periplo narrativo que tuvo un capítulo de iniciación en cabeceras de prensa colombiana como Mito, Crónica, El Colombiano, El Nacional, Estampa o Diario del Caribe donde Cepeda Samudio publicó relatos, alguna traducción, capítulos de novela y otros escritos literarios.

Los textos de Todos estábamos a la espera, minuciosamente analizados por Jacques Gilard, revelan las inquietudes técnicas del escritor, que suprime lo anecdótico, ve la historia desde dentro. En suma, relatos experimentales, de elevado relieve técnico y temática existencial y escenarios urbanos. Hoy no resultan novedosos; pero siguen sorprendiendo por su audacia rupturista, su ceñida concisión y su áspera expresividad.

NOTA

* Publicado en «Nordesia», Diario de Ferrol, 3 de julio de 2005. Volver al texto

 


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