ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Cuando todos pensamos en la personificación del Amor (Eros entre los griegos, Cupido para los romanos), de forma inmediata viene a nuestra mente la imagen de un niño pequeño, mofletudo y regordete, que revolotea juguetón mientras reparte pasiones a diestro y siniestro con la ayuda de su arco y de sus flechas. Si bien esta es su iconografía más tradicional, preferida tanto por los artistas clásicos como por aquellos otros de fecha más reciente, no por ello es la única. Tan propios de Cupido son las alas y los dardos, como otro atributo menos asociado a su persona en el imaginario popular: la antorcha. No faltan de ello testimonios ni en el arte ni en la literatura de la época. Como posible fuente textual, tal vez uno de los más ilustrativos sea aquél que nos transmite Ovidio. En sus páginas, Apolo recrimina al pequeño Eros que trasiegue con instrumentos que le corresponden a él como dios de la guerra, mientras le recomienda que juegue con otros objetos más apropiados para su edad:
¿Qué haces tú, pequeño insolente, manejando armas tan poderosas? [...] Tú confórmate con encender pequeños amores con tu antorcha, y no trates de adjudicarte mis triunfos.
(Ovidio, Metamorfosis, libro I).
Un bello ejemplo de este tipo menos conocido es un pequeño bronce del Prado. La primera diferencia respecto al modelo clásico es la que atañe a su edad. No estamos ante un niño gordezuelo sino frente a un adolescente cuyo cuerpo estilizado está comenzando a marcar la musculatura. También su peinado es indicio de que se encuentra en la pubertad. De pelo rizado, pegado en la zona de la bóveda craneal pero de bucles huecos orlando la nuca y detrás de las orejas, lo más llamativo es la trenza situada sobre la frente que remata en un curioso moño o nudo en la zona alta de la cabeza. Este tipo de peinado era habitual entre los jóvenes atenienses, a quienes no se les cortaba el moño hasta que no cumplían los dieciséis o dieciocho años.
Una segunda diferencia es la ausencia de alas. No obstante, su postura puede ser indicio de vuelo. La figura, inclinada hacia el frente y apenas sostenida por las puntas de los dedos de uno de los pies, transmite una clara sensación de liviandad e ingravidez. La carencia de alas en las representaciones de cupidos, lejos de ser una excepción, fue algo habitual en la escultura griega del período helenístico.
Por último, y aunque se hayan perdido los objetos que pudiera portar en las manos, no parece que llevase nunca ni arco, ni flechas. Sin embargo, aún se conserva la huella de un pequeño vástago cilíndrico que sostuvo originalmente con la derecha. Este vástago bien se podría corresponder con la existencia de una antigua antorcha o, incluso, de un candelabro. Se sabe que en algunas ricas villas romanas de época de Augusto, pequeñas estatuillas eran utilizadas, a la vez que como elementos decorativos, como objetos funcionales (como sostén de bandejas, portadores de luminarias...). Conocidos como «sirvientes mudos», tal vez fue este el destino del bronce del Prado: servir de soporte de la iluminación en el dormitorio de una de estas mansiones.