ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Mis actividades como embajador de Felipe IV en Londres —prosigue don Alonso de Cárdenas sus memorias, de las que ya vimos recientemente una primera entrega, dedicada a Andrea del Sarto— no se limitaron a la compra de obras de arte como indiqué antes. Al tiempo que seguía el rastro de los mejores cuadros de la colección del difunto Carlos I, tenía que desarrollar mis tareas diplomáticas, cosa nada fácil en un país que acababa de decapitar a su rey. En 1649, Inglaterra se había convertido en un régimen republicano, regido por un Parlamento; su líder, Oliverio Cromwell, no pudo resistir sus inclinaciones dictatoriales y en 1653 disolvió el Parlamento para ejercer el poder en solitario. Dos años después de su muerte, en 1660, Carlos II restauró la monarquía de los Estuardo. Tampoco Europa estaba en calma pues, recién concluida la Guerra de los Treinta Años, todos recelaban de todos y yo debía mantenerme atento a cualquier ardid. A mediados de 1651 caí enfermo y quise volver a España por indicación de los médicos, pero Su Majestad no me autorizaba a hacerlo en tanto permaneciesen en Londres los embajadores extranjeros, tal era el temor a otra conspiración contra España, que acababa de perder Portugal.
Pero volveré a mi apasionante labor de agente artístico; yo daba cuenta al ministro don Luis de Haro de los cuadros disponibles, indicando el tema, su estado, el tamaño y, por supuesto, el precio de salida. He de decir que me las apañé para conseguir los cuadros casi siempre por debajo de la cantidad tasada, aunque eso fue más difícil tras la llegada a Londres de otros dos agentes, el pintor David Teniers, al servicio del Conde de Fuensaldaña (en la corte de Bruselas), y el francés Antoine de Bordeaux, representante del cardenal Mazarino, que derrochaba fortunas en las pujas. Esta competencia y el agotamiento de las existencias provocaron en 1653 una escalada de precios que me decidieron a abandonar la almoneda y dedicarme a la colección del Conde de Arundel, que salía entonces a la venta.
A esas alturas, casi todas las obras importantes estaban en mis manos. Y si no juzguen por el último lote que envié a Madrid: el Tránsito de la Virgen de Mantegna, la Madonna de la Rosa y la Sagrada Familia, de Rafael, dos retratos de Durero y el Moisés salvado de las aguas, del Veronés que hoy vemos (todos en el Museo del Prado). Del conjunto sólo un lienzo fue rechazado por Velázquez cuando don Luis de Haro los cedió a Felipe IV, la Educación de Cupido,de Correggio (hoy en la National Gallery de Londres); era muy profano aunque espléndido, pero el maestro lo consideró copia por error. También yo erré alguna vez y me apena mucho confesarles que dejé escapar la Muerte de la Virgen, de Caravaggio; lo desestimé por parecerme que el cuadro no estaba bien acabado por ser para de lejos. Acabó comprándola un banquero francés y hoy está en el Museo del Louvre de París. En cuanto al Veronés, era un pintor que me agradaba mucho. Aquí muestra un tema religioso como si una escena profana fuera: Moisés es recogido del Nilo por unas damas de la alta sociedad veneciana, con lujosos atuendos, que pasan un día en el campo acompañadas de sus sirvientas, de su esclavo negro y del bufón enano.