Literatura
Por M. Ángeles Vázquez
La poética de Dante Castro Arrasco (Callao, Perú, 1959) se afianza sobre una densidad narrativa que aborda una realidad dura, violenta y sangrienta, con una actitud en absoluto complaciente para con su lector, al que desea causarle el justo desequilibrio que provoque una inversión del orden social, de tal manera que el mundo sea transgredido y reordenado. Los personajes, elementos claves en su concepción literaria, retratan una sociedad rústica poblada de individuos agrestes que llevan sus pasiones hasta las últimas consecuencias. Se impone una naturaleza que adquiere una dimensión devastadora y salvaje inserta en el marco contextual de la violencia política. Es indudable que esta narrativa de la violencia influye, desde hace más de treinta años, sobre la formación del espíritu peruano. Su trascendencia se revela en todos los momentos de la vida social.
El inicio de la guerra popular que emprende Sendero Luminoso en 1980 continuada por las actividades del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru en 1984, la represión de las Fuerzas Armadas bajo una barbarie desenfrenada que hasta entonces no había vivido Perú, y junto a esta espiral, se le suma la hiperinflación durante el régimen de Alan García. Esta década ha sido la más convulsa y desestructuradora, y es por ello que a partir de 1986 comienzan a aparecer las primeras manifestaciones literarias sobre la violencia política en Perú, consolidada gracias a la obra de Félix Huamán, Óscar Colchado Lucio, Enrique Rosas Paravicino o Luis Nieto Degregori.
En el caso de Dante Castro, la interrelación entre la creación literaria, su opción ideológica frente al sistema y su perspectiva individual —regida por el principio del testimonio—, es de desencanto a pesar de su tentativa de universalizar la lucha de clases. Su denuncia es directa y emotiva, de un naturalismo vivo y sangriento. Por ello, su discurso literario desafía a la pompa burocrática de la literatura y condena la ilegitimidad revolucionaria sin estereotipos. Su hermenéutica reconoce el rol central del lenguaje como principal protagonista de un texto postmoderno: la palabra en su contexto, provocando la fisura de los viejos códigos y la articulación de otros nuevos, en los que el significado da testimonio de la conciencia social peruana.
En Otorongo y otros cuentos (1986) ubicamos sus historias en la violencia de la sierra, en el microuniverso de la costa chalaca, o en la selva, escenarios que conforman sus publicaciones posteriores, como Parte de combate (1991), libro que por incómodo y polémico, fue obviado por gran parte de la crítica literaria peruana. Tierra de pishtacos (1992), gana el Premio Casa de las Américas de Cuento de ese mismo año, y en cuando Hablan los muertos (1998) ya encontramos relatos más compactos y maduros, debido a una especial habilidad en el uso de procedimientos narrativos cercanos a la tradición oral, al sincretismo cultural, a las creencias míticas que revelan una entelequia en permanente conflicto ideológico y político, o a la presencia del quechua como lengua enérgica y en definitiva, al correcto dominio del habla andina, costeña o selvática, cuya versatilidad roza la voz poética, como también demuestra en su última publicación Prosas paganas (2004), que aporta un documentado acercamiento al imaginario popular.