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Martes, 14 de febrero de 2006

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ARTE / Claroscuro

Memorias de Alonso de Cárdenas (I). Andrea del Sarto

Por Susana Calvo Capilla

Pocos visitantes del Museo del Prado recuerdan hoy mi nombre, Alonso de Cárdenas, embajador español en Londres desde 1640. Y sin embargo un gran número de cuadros que hoy cuelgan de sus paredes pasó por mis manos; digo más, fueron elegidos por mí. La historia es la siguiente. Durante el ejercicio de mi cargo hube de asistir a trágicos sucesos: la Guerra de los Treinta Años en Europa y la guerra civil en Inglaterra que acabó con la decapitación del rey Carlos I en 1649. Ese mismo año, el Parlamento puso en venta todos los bienes de la corona para pagar a sus acreedores, incluida la espléndida colección de pintura del rey; ésta fue trasladada a Somerset House y allí se abrió la que se llamó «Almoneda del siglo». Con el monarca también se hundió el Grupo de Whitehall, poderoso círculo nobiliario compuesto por el conde de Arundel, el conde de Hamilton y el duque de Buckingham, quienes, arruinados, vendieron sus colecciones. Es decir, que de la noche a la mañana, Londres se convirtió en un inmenso mercado artístico del más alto nivel, en el que la oferta superaba a la demanda.

Mi inopinada entrada en este atractivo mundo del arte se produjo temprano, a instancias del rey español. Ya en 1647, cuando fue encarcelado Carlos I (a quien, dicho sea de paso, no le caía yo muy bien pues me llamó «necio, ignorante y excéntrico»), recibí una carta de Felipe IV donde me mandaba comprar cuadros de Tiziano, Veronés u otros antiguos que se ofrecieran; claro está, tenía que conducirme discretamente porque iba a resultar harto indecoroso que un rey se aprovechara así de la funesta suerte de otro. Por eso, Su Majestad me ordenó no acudir a la almoneda sino negociar con terceros, parlamentarios y miembros del ejército que se deshacían de las obras para conseguir dinero. Además, encargó a su ministro D. Luis de Haro, marqués de Carpio y sobrino del difunto Conde-Duque de Olivares, que se ocupara de todo. Y no sólo eso, éste pagaba de su bolsillo las obras, si bien las mejores solían ir a parar a los alcázares reales (una onerosa forma de mantenerse en el puesto, diría yo).

Confesaré sin jactancia que en poco tiempo desarrollé un pasmoso olfato como marchante y me convertí en un sagaz mercader, hasta el punto que Su Excelencia me dio libertad de acción para no desaprovechar oportunidades. Así sucedió, por ejemplo, con este cuadro de Andrea del Sarto, la también llamada «Madonna della Scala», muy estimada entonces, quizá porque los personajes recuerdan a los de Rafael o Miguel Ángel. Como tenía un precio acomodado, 300 libras, resolví comprarlo sin aguardar a que el marqués lo pidiese y lo embarqué para Madrid en mayo de 1651. El lienzo había sido pintado para un banquero florentino de la familia Jacopi hacia 1523, de ahí que a la izquierda de la Virgen esté San Mateo, patrono de los banqueros. En segundo plano aparece Santa Isabel huyendo con San Juan Bautista niño de la matanza de los inocentes, según relata un evangelio apócrifo atribuido a Santiago. Velázquez colocó este cuadro en la sacristía del monasterio de El Escorial, según me dijeron.

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