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Martes, 7 de febrero de 2006

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ARTE / Claroscuro

Arte y gastronomía

Por Marta Poza Yagüe

No es la primera vez que la cocina y sus ingredientes tienen cabida en estas páginas. Aceite y chocolate ya han sido objeto de atención por parte de los redactores de rinconetes. Y es que la gastronomía es uno de los temas recurrentes entre los pintores —flamencos y españoles fundamentalmente— de los siglos xvii y xviii. A través de sus obras, un arte, el pictórico, rinde pleitesía a otro que no lo es menos, el culinario. Así quedan conjugados, entre otros, por Brueghel de Velours quien, para representar su Alegoría del Gusto, se sirve de la presencia de una ninfa que disfruta de todos los placeres de la buena mesa mientras que es asistida por un sátiro que le escancia vino en una copa, todo ello en un ambiente de exhuberancia y recargamiento visual propio de las obras de su autor (Madrid, Museo del Prado); o por Ribera, para el que la imagen aislada de un mendigo oliendo una cebolla es el mejor medio de transmitir el Sentido del Olfato (Colección Abelló). Eso sin olvidar que una de las obras maestras de Velázquez es aquélla que plasma la instantánea en Vieja friendo huevos, donde el calor del aceite contenido en una cazuela de barro está empezando ya a cuajar las claras (Edimburgo, Galería Nacional de Escocia).

Tomados, bien de forma independiente (bodegones), bien como ambientación de otras escenas (banquetes varios, el episodio de Cristo en casa de Marta y María,fiestas campestres y cortesanas...), los alimentos depositados en cocinas, despensas y alacenas nos proporcionan una información inigualable sobre las costumbres alimenticias de los ciudadanos del Siglo de Oro.

De este modo, y al contemplar muchas de estas obras se entiende cómo la gota fue una de las enfermedades más habituales del momento. Son legión los lienzos dedicados a mostrar las excelencias de la caza: perdices, pichones, pavos, liebres, conejos, corderos, venados, lechones, jabalíes, grandes reses descuartizadas y hasta cisnes de blancas plumas son presentados con absoluto realismo por autores como Rubens y Frans Snyders (Filomenes reconocido por una anciana), Adriaen van Utrecht (Una despensa), Mateo Cerezo (Bodegón con cordero y gallo muertos) o Luis Menéndez (Bodegón con chuletón, condimentos y recipientes), por citar solo alguno de los más espectaculares y que además se pueden contemplar en la pinacoteca madrileña. Junto a ellos, tampoco faltan los dedicados a pescados y mariscos, propios de la dieta de los habitantes de las regiones costeras (sirva de ejemplo el Bodegón con pescados, ostras y un gato del flamenco Adriaenssen); a las frutas de vivos colores, tanto autóctonas como exóticas (fruteros que son abundantes en la producción de Juan van der Hamen, Antonio Ponce o Juan Fernández entre otros); ni a las modestas hortalizas como el cardo o los nabos, sustento de las gentes humildes del interior y característicos de la obra de Sánchez Cotán, para los que se ha querido buscar un sentido simbólico casi místico, tal vez falto de realidad histórica (entre los más conocidos el Bodegón con cardo y zanahorias del Museo de Bellas Artes de Granada).

Pero si hay un autor al que podemos atribuir el título de especialista en este género de «bodegones alimenticios», ese es Luis Menéndez, responsable de cerca un centenar de piezas de este tipo, de las que el Prado posee veintidós (dos muestras: Bodegón servicio de chocolate y Bodegón: jamón, huevos, pan). A través de sus cuadros casi es posible realizar un recorrido gastronómico por los manjares más representativos de toda la Península Ibérica. Jugosas rodajas de salmón, frescos besugos de escamas irisadas, esponjosas hogazas de pan, higos verdes y morados, ciruelas, limas, membrillos, sandías, granadas, perdices de plumas coloreadas... se convierten en protagonistas absolutos de sus composiciones, con la única compañía de algunos utensilios de cocina y de recipientes, en la mayoría de barro, cuyas decoraciones permiten rastrear su procedencia en los alfares toledanos de Talavera y Puente del Arzobispo. Presentados sin elaborar, sus ingredientes se asemejan de tal modo a la realidad que, al visualizarlos, acuden inevitablemente a nuestra mente los platos que podríamos preparar con ellos. Así sucede con este lienzo, en el que los tomates y pepinos, junto con el salero, la alcuza del aceite y la vinagrera, sugieren la elaboración de una ensalada; o, por qué no, añadiéndoles un poco de ajo y triturándolos, de un refrescante gazpacho.

Encargado para el Palacio de Aranjuez, permaneció en sus paredes hasta su traslado al Prado en 1819.

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