ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Ahora que está tan de moda lo étnico, si en el Prado se celebrase un desfile de trajes exóticos, continuación de aquel concurso de elegancia que imaginó Manuel Mujica Lainez, a buen seguro desfilaría con gran éxito el embajador enviado por el zar Feodor III ante Carlos II. El espléndido atuendo de Pedro Ivanowitz Potemkin, pintado por Juan Carreño de Miranda en 1681, tendría que competir con otros modelos de altura que ya han pasado por esta sección. Recordemos la elegante indumentaria polaca que llevaba Martin Ryckaert cuando fue retratado por Van Dyck hacia 1631, o la del embajador turco llegado a Nápoles en 1741, pintado por Giuseppe Bonito. También podrían desfilar personajes con diseños inventados por los propios pintores, como la Artemisa de Rembrandt, o los Reyes Magos de cualquier tabla flamenca. En esta selección para el imaginario desfile del Prado advertimos a muchos ilustres diplomáticos en el papel de modelos. No deben molestarse por el atrevimiento de la propuesta, sólo tienen que pensar en los máximos líderes mundiales de la actualidad, que en los últimos tiempos suelen posar para la foto final de la cumbre o reunión de turno ataviados con trajes regionales muy diversos, desde kimonos japoneses a camisas hawaianas.
El atuendo de Ivanowitz debe gran parte de su belleza y brillantez a la manera en que Carreño lo pintó. Se trata de un traje de seda roja con espléndidas veladuras y matices, una capa con bordados dorados y forro de piel y un gorro del mismo tipo. La sutileza de la pincelada, casi impresionista, contrasta con la rotundidad de la pose del embajador ruso, que sujeta un bastón con la mano derecha. El gesto algo adusto y la barba blanquecina añaden severidad teatral al personaje. Aunque Carreño recoge en algunos de sus retratos el envaramiento inglés propio del estilo de Van Dyck, en este caso se acerca al rico cromatismo veneciano, a la majestuosidad de las figuras flamencas y a la elegancia velazqueña. Fue Juan Carreño, nacido en Avilés en 1614 pero formado en Madrid, un digno sucesor de Velázquez como retratista de la corte española. Se convirtió en pintor del rey en 1669 y tres años más tarde en pintor de cámara de Carlos II. En las efigies del monarca, Carreño muestra a un hombre triste y melancólico, como intentando así encubrir su carácter enfermizo y frágil. La situación de España por entonces corría pareja a la del rey, cada vez más débil en el exterior y más enferma en el interior. A propósito de ello, se nos antoja una curiosa correspondencia entre los cuadros, algo desagradables y morbosos, que pintó Carreño de la llamada Monstrua Eugenia Martínez Vallejo —vestida y desnuda— o los sombríos retratos reales y esa decadencia española.